Posesión

posesión

Sinopsis: ¿Puede una cámara de vídeo poseer a una persona y hacerle vivir sus más ocultas fantasías? Descúbrelo en “Posesión”.



I

Las imágenes se sucedieron rápidamente al principio. Un conjunto de fotogramas emborronados mostrando tan sólo un desesperante fundido en negro. Por fin, tres horas de cinta más tarde, el monitor les mostró lo que deseaban ver.

  

Adriane Mars se mantuvo inclinada sobre la pantalla. Sus ojos fijos en cada secuencia, cada detalle, concentrada hasta el punto de sentir martillazos tras sus glóbulos oculares. Preocupada porque pudiera escapársele el más mínimo detalle. La clave que andaba buscando.

El capitán de policía Hugh Madness, sentado en la silla de cuero de la sala de exposiciones, visualizaba la cinta sin mucho entusiasmo. Solo había accedido a aquella reunión porque respetaba a la teniente y su trabajo. De haber sido cualquier otro, a estas alturas estaría devorando un bocadillo de salchichas y una corona bien fría. Pero Mars merecía una oportunidad por absurda que su historia le pareciera.

Colt Turner manejaba el mando a distancia. Su inmensa mole de músculos apoyada contra la pared registraba con interés lo que sucedía, tanto en la pequeña pantalla como a su alrededor. Era el único que permanecía relajado del trío allí reunido. Aunque claro está, él siempre solía estarlo.

Varios hombres acababan de entrar en un cuarto de unos cincuenta metros cuadrados. Las paredes eran de cemento gris y el único mobiliario lo constituían los bancos de madera que rodeaban la estancia y un pequeño estante al fondo de la sala. Sobre este alguien había depositado una caja oscura de pequeñas dimensiones. Nada más.

Poco a poco los hombres fueron tomando asiento.

Vestían trajes caros y un antifaz rojo, sin adornos, que cubría la mitad superior de sus rostros dejando apenas visible los orificios de la nariz y la boca. No hablaban entre ellos, tan solo esperaban.

Unos minutos más tarde la puerta volvió a abrirse. Un hombre vestido de oscuro y con un antifaz dorado dejó paso a otros dos vestidos de gris y con sendas máscaras rojas que arrastraban a una joven al interior de la sala.

La muchacha tenía el rostro surcado de lágrimas y el maquillaje había dejado huellas oscuras en sus mejillas. No parecía estar herida, al menos no a simple vista. La ropa estaba intacta y no se apreciaban manchas de sangre en ella.

La dejaron en el centro de la habitación y se retiraron hacia la puerta, donde permanecieron completamente en silencio. Nadie saldría de allí si aquellos dos gorilas se empeñaban en impedirlo.

La mujer temblaba mirando a su alrededor con el gesto desencajado, presa del terror. Sin embargo, ninguno de los presentes se había movido. Tan solo permanecían allí sentados, mirando en silencio, expectantes. Ni quienes la arrastraron allí, ni los espectadores parecían estar armados. Allí solo había… ¿curiosidad?

El del antifaz dorado se dirigió hacia el estante y extrajo una vieja cámara de video casera de la caja. La colocó sobre la tapadera, tras cerrarla de nuevo, y tomó asiento.

No pasó nada. Al menos al principio.

La mujer lloriqueaba, gritaba pidiendo explicaciones, exigiendo saber qué hacía ella allí y pidiendo que la liberasen. Nadie se movió ni respondió a sus preguntas.

 

 

—¿Sigue apagada?

—Sí. El tipo ni siquiera la ha puesto en marcha, se ha limitado a dejarla sobre la repisa.

—No parece que la estén amenazando.

—No. Fíjese bien, sólo esperan.

—Sí, pero ¿a qué?

La mujer había comenzado a tranquilizarse poco a poco. Estaba de rodillas en el suelo, con la cabeza gacha y los puños apretados intentando controlar el llanto. El piloto de la cámara de vídeo se había encendido solo. O al menos, eso se dedujo de las imágenes. Un diminuto punto de color rojo apenas visible con la luz de la sala. Pero ahí estaba.

Ella dirigió su mirada hacia allí y respiró hondo. Cerró los ojos y pareció asentir imperceptiblemente. Despacio se fue poniendo en pie y comenzó a desabrocharse los botones de la camisa. Aún con los ojos cerrados, su respiración se había tranquilizado y parecía ajena a todo lo que la rodeaba.

—¿Alguien ha visto algo?

—Nada. Rebobine un momento, sargento.

—¿Ahora?

—No. Nadie se ha dirigido a ella. Es como si lo hiciera por propia voluntad.

—Lo sé. Sin embargo, ella afirma que no fue así.

La joven se desprendió de la camisa y continuó con las botas, los calcetines, el vaquero y por último el sujetador. Se desnudó muy lentamente, como si estuviera haciéndolo para su amante y no para un puñado de pervertidos a quienes no conocía.

—Juraría que ha hecho el striptease para ese cacharro.

—Eso afirma ella.

—No puedo creerlo ¿En serio insiste en esa estúpida idea?

—Lo está viendo usted mismo, capitán. Ha pasado del terror más absoluto a una desinhibición total en menos de diez minutos.

Volvieron a mirar el monitor.

La joven adoptaba una pose bastante seductora mientras deslizaba la ropa faltante hasta sus tobillos y se deshacía de ella, quedando totalmente desnuda. Sus manos se movían por su cuerpo acariciándolo, pellizcando los pezones, frotando el crespo vello oscuro entre sus piernas.

Quienes la contemplaban en la sala parecían tan sorprendidos como el resto. Uno de aquellos hombres se puso en pie y salió de la sala visiblemente irritado, bramando que aquello no era más que una burda actuación.

—Y yo estoy de acuerdo. Está claro que es una actriz.

Apagaron el monitor.

—Capitán, esa mujer no es ninguna actriz, puedo asegurárselo.

—¿Tiene pruebas de ello?

Por toda respuesta Adriane le entregó una carpeta de grosor considerable, con varios documentos. Datos personales, identificación, fotografías, cuentas bancarias, multitud de informes de carácter personal y profesional. Cualquier cosa que se supiera sobre ella estaba en esa carpeta.

Catherine Hold no era más que una estudiante de medicina del sur de la ciudad. Su familia tenía suficiente dinero como para no necesitar ganar unos pavos extra para la universidad. Todo su tiempo libre lo pasaba ejerciendo en la organización “La liga de las sonrisas“, en el mismo hospital en que realizaba las prácticas.

Se conocía su participación en diversas manifestaciones a favor de la nueva ley contra la violencia doméstica. La habían investigado a fondo para conocer sus costumbres sexuales. Jamás se acostaba con un chico con el que no llevara varios meses de relación y rara vez variaban de la postura del misionero. Nunca había pasado una noche fuera de casa y, si se quedaba sola en su apartamento, sus amigas solían ir a dormir con ella.

No, por más que quisieran negarlo, aquella muchacha era demasiado puritana como para hacer algo así voluntariamente.

—Bien, en ese caso está claro que la obligaron a hacerlo.

—Pero en la grabación…

—No estoy hablando de la grabación, Adriane. Alguien debió extorsionarla para que hiciera eso. Le darían órdenes precisas sobre cómo comportarse antes de entrar en la sala. Averigua con qué la amenazaron y tendrás tus respuestas.

La mujer miró al capitán de policía fijamente haciendo un soberano esfuerzo para evitar golpearle. Ya había barajado esa posibilidad anteriormente. No era una novata a la que debieran aleccionar sobre métodos policiales. Cubrió cada remota posibilidad antes de atreverse a formular, si quiera, su descabellada teoría.

—¿Si traigo esa cámara me creerá?

—¿Vas a ofrecernos un striptease delante de ella, teniente?

—Calla Colt, no estoy hablando contigo —murmuró la mujer fuera de sí.

—Escúcheme teniente. —El capitán se levantó de su asiento. La decepción cubría su rostro como una máscara que hizo que Adriane lamentara haber abierto la boca. Respetaba mucho a aquel hombre y decepcionarlo era lo último que habría querido. —Limítese a interrogar a esos tipos y que ellos nos cuenten cómo la extorsionaron. La redada ha sido todo un éxito. Tenemos sus identidades, la jerarquía de la organización y esta cinta como una prueba más de su acción delictiva. Quería a Murtagh entre rejas y ahora es todo suyo. No lo fastidie con acusaciones absurdas cuando hay más que suficiente en ese almacén para mantenerlo preso por el resto de su vida y desbaratar la organización. Ha sido un gran logro. Un hito en su carrera. Aprovéchelo y vaya a celebrarlo.

—Pero, señor ese objeto es peligros…

—Haga lo que le he dicho o la relevaré del caso —le advirtió el capitán.

—Sí, señor —contestó Adriane derrotada.

Cuando ella y Colt se quedaron a solas la teniente golpeó la pared con el puño para descargar la frustración acumulada.

Colt volvió a encender la cinta y se dispuso a terminar de ver la grabación. Al darse cuenta, la joven frunció el ceño y le dio un buen puñetazo en el hombro.

—¡Ouch! ¿A qué viene eso?

—No eres más que un maldito pervertido.

—Eso es lo que te gusta de mí —le dijo él mientras la veía salir de la sala con la cinta de video en la mano.

—¡Vete al cuerno! —le gritó ella —De un modo u otro averiguaré lo que ocurrió.

Días más tarde, Murtagh era encarcelado en una prisión de máxima seguridad. Consiguió una rebaja en la condena por desenmascarar a algunos de los principales líderes de la organización, cuyas identidades la policía aún desconocía. Una semana después encontraron su cuerpo colgado de la celda de aislamiento en la que debía estar protegido del resto de presos.

Los violadores no eran bien recibidos en la cárcel.

Catherine Hold acabó recluida en un psiquiátrico de la ciudad. La joven repetía, una y otra vez, que aquella maldita cámara le había ordenado hacer aquellas cosas horribles. Que se metió en su mente y se lo ordenó y ella no pudo negarse. Ni siquiera el casete de la famosa cámara de video, que mostraba lo sucedido en aquella sala, fue suficiente para probar que no mentía.

Tampoco lograron sacar nada en claro de la declaración de los proxenetas y los hombres que se reunieron para contemplar la escena. Ningún tipo de amenaza parecía pender sobre la cabeza de la muchacha. Los culpables ya estaban encerrados, así que dieron por cerrado el caso.

Una única persona la creyó.

Adriane Mars no pensaba darse por vencida. Dedicaría sus horas libres, si era necesario, hasta obtener respuestas.

Tuvo que insistir mucho para que le permitieran conservar la cámara y el casete y continuar la investigación por su cuenta. Ahora era una agente de prestigio y conocida a nivel nacional. Eso al menos, tenía sus ventajas. Madness no pudo negarse.

La chica aseguraba que podía oír la voz de la cámara, pero Adriane no escuchaba nada por más que subiera el volumen, excepto los gemidos de la pobre desgraciada. Por un momento tuvo que admitir para sí misma que quizá se hubiera equivocado con toda aquella historia.

Su instinto, en cambio, se negaba a creerlo.



II 

Su marido la encontró recostada en el sofá de la sala con la botella de ginebra sobre el regazo y los ojos perdidos en la nada. La saludó con un cariñoso beso que le confirmó que la mujer aún no había ingerido ni una sola gota de alcohol y sonrió para sus adentros.

El padre de Adriane era un borracho. La joven nunca había seguido su ejemplo, pero, cuando estaba frustrada o molesta por algo, no podía evitar imitar a su padre y coger la botella de alcohol que tuviera más a mano.

—Te parecerá una tontería, pero sentir que puedo sostenerla entre mis manos sin bebérmela me hace sentir mejor —le había confesado años antes de casarse.

Él sabía que su esposa estaba pasando por momentos muy duros en su trabajo. Detener a Murtagh y a sus cómplices debería haber encumbrado su carrera. En lugar de eso, parecía obsesionada con resolver un caso sin sentido, sin el apoyo de sus compañeros, ni del capitán Madness, lo cual hacía que su carrera tuviera una apretada soga cerniéndose alrededor de su cuello.

Aunque no era solo eso lo que la mantenía despierta por las noches.

Adriane nunca hablaba de su trabajo en casa. Era un acuerdo tácito entre ellos para mantenerlo alejado de toda la mierda que conllevaba ser teniente de policía. Y Robert lo respetaba, a pesar de lo doloroso que resultaba no poder ayudarla. Debía limitarse a estar ahí para ella y dejarle espacio para que solucionase por sí misma sus problemas.

Ni siquiera se molestó en preguntarle si había cenado algo. Conocía aquella expresión en su rostro. No comería nada esa noche, se quedaría allí sentada con la mirada en blanco y la mente trabajando al cien por cien.

Tomó un bocadillo rápido, se desvistió y abrió la cama para acostarse, antes de ir de nuevo al salón y darle un cálido beso de buenas noches que ella se esforzó por devolver.

La extrañaba. Los últimos meses habían sido duros para su relación y no porque sintiera que ella no lo amaba. Estaba distante y esquiva, pasaba más horas en la comisaría que en casa y guardaba silencio la mayor parte del tiempo que estaban juntos. Y aún era mayor el tiempo que hacía que no se acostaban.

Forzarla a hablar no serviría, eso era algo que había aprendido muy pronto cuando comenzaron a salir. Exigir que cumpliera con sus obligaciones maritales…bueno, eso simplemente era absurdo. Quería a su esposa de vuelta, toda ella, no solo su cuerpo. Y aunque Adriane le habría dado sexo si él se lo pedía, su mente hubiera flotado lejos de allí todo ese tiempo.

Nunca pensó que una mujer pudiera meterse entre ellos y aún menos que esa mujer estuviera ligada a la suya y no a él. Catherine Hold ocupaba todo el espacio y no volvería a recuperarlo hasta que Adriane resolviera el misterio.

Te has casado con una policía, apechuga con las consecuencias.

Robert dio media vuelta en la cama, alargó el brazo hasta el lugar que solía ocupar su mujer y cerró los ojos tratando de recordar cómo era tenerla junto a él.

 

 Horas más tarde Adriane se despertó de golpe. Tenía el cuello dolorido por la forzada postura que su cuerpo fue adoptando al quedarse dormida en el sofá. Se estiró y masajeó la nuca para aliviar la tensión. Tantas horas en vela y no había logrado sacar nada en claro. Probablemente fuera el momento de rendirse e ir a la cama.

Miró el reloj que pendía a un lado, en la pared del salón. Tres de la madrugada. Genial. Robert estaría profundamente dormido. Se maldijo a sí misma por tenerlo tan abandonado. Su dulce y comprensivo marido que nunca osaba meterse entre ella y su trabajo.

Se preguntó por enésima vez cuánto tiempo más soportaría él esa situación. No la sorprendería encontrarlo con las maletas hechas y a punto de salir de su vida. Y ella se lo merecería. No podía seguir así. Su obsesión era tal que ya apenas recordaba el día en que vivía. Cuánto tiempo llevaba con eso ¿Semanas? ¿Meses? ¿Años?

Dejó la botella en el suelo, junto al sofá. Esta noche no iba a darle el consuelo que necesitaba. Iría a la cama, con su marido, y al menos se preocuparía de que él la encontrara allí al despertar. Nadie la echaría de menos si se retrasaba un poco en llegar al trabajo al día siguiente. Tal vez tuvieran unos minutos para…

Al aproximarse al dormitorio un ruido llamó su atención. Parecían jadeos. Algo le sucedía a Robert. Se abalanzó hacia la habitación desenfundando el arma que había olvidado quitarse al llegar a casa esa tarde. Congelada bajo el marco de la puerta, contempló incrédula lo que sucedía.

La pequeña lamparita que había sobre el escritorio frente a la cama estaba encendida. La luz atenuada y el foco dirigido hacia el colchón por lo que, aunque casi a oscuras, el suave haz era suficiente para que Adriane pudiera contemplar a su marido.

El hombre yacía sobre la cama completamente desnudo, sus manos y pies habían sido atados a las cuatro patas haciendo uso de las sábanas y un par de pañuelos de ella. Tenía el rostro desencajado en una exultante expresión de placer, los ojos en blanco y gemía con dificultad, como si le costara respirar.

La razón, una difusa sombra de humo que parecía estar recostada sobre él. Finos hilos de neblina aprisionaban su garganta como si quisieran privarle de aliento. Su miembro estaba hinchado, erecto, húmedo y enrojecido. Obviamente a punto de reventar. Gruesas serpientes de humo parecían rodearlo y exprimirlo entre sus invisibles anillos.

—¿Qué… —la voz se le atragantó cuando trató de hablar, tosió para aclararse y volvió a intentarlo —Robert ¿qué está pasando? —Pero él no la oía. —¡Robert! —gritó Adriane desde la puerta.

Al ver que el hombre no iba a contestar a sus llamadas, la mujer se adelantó para zarandearlo. Algo llamó su atención obligándola a detenerse. Giró sobre sus talones, muy lentamente. Allí, sobre el escritorio junto a la lámpara, la cámara de video iluminaba la oscuridad con un diminuto destello rojo.



III 

—Sara Cunningan, Elisabeth Grey, John Kener, Div…

—Sí, sí, sí. Teniente por favor, me ha enumerado esos treinta y cinco nombres al menos una docena de veces.

—Son demasiados casos y probablemente haya muchos más.

—Nadie en su sano juicio iría por ahí contando que le violó una cámara de video, quedaría como un auténtico gilipo…

—¡Colt! —Adriane estalló golpeando la mesa del despacho con las treinta y cinco carpetas que tenía entre las manos.

La actitud de su subordinado la exasperaba. A veces se comportaba como un auténtico cromañón. La clase de persona que desearía tener un poder como el que proporcionaba la videocámara que ocupaba su mente cada día.

Cerró las manos en apretados puños sobre la mesa y respiró hondo para tranquilizarse.

—Perdona Adriane —siempre la llamaba por su nombre de pila cuando se ponía serio —también me preocupa. Pero todos esos casos están cerrados y no hay nada que puedas hacer para cambiarlo. No todo el mundo ha acabado como la doctora.

Adriane alzó la cabeza para mirarlo.

Últimamente necesitaba recordarse a sí misma, cada vez con mayor frecuencia, que Colt era uno de los mejores agentes que tenía a su cargo. Un tipo enorme que siempre andaba bromeando y persiguiendo faldas no parecería muy de fiar, al menos, hasta que se ponía a trabajar en serio.

En aquel momento era su único apoyo. La única persona que no creía que ella estuviera loca jugando a perseguir fantasmas y que aborrecía tanto como ella no hallar respuestas.

Había repasado la grabación a su lado un centenar de veces. Le apasionaba la edición digital, así que se pasaron por el forro a los tipos de imagen y sonido a la hora de estudiar el contenido de la cinta noventa y nueve de esas veces.

Nada de voces misteriosas dando órdenes, ni volutas de humo surgiendo del aparato y obligando a Catherine a desnudarse.

—Tendrían que escucharme, sólo por ella —insistió la mujer cubriéndose los ojos con la mano.

—Estás cansada. Ve a casa, date un baño, una cena tranquila y échale un buen polvo a tu marido —bromeó el hombre sonriendo de oreja a oreja y tomándola de la cintura para empujarla hacia la salida.

—No cambiarás nunca ¿verdad? —el hombre se quedó un buen rato en silencio y mirando al techo. Finalmente añadió, antes de mandarla a casa:

—No, al menos mientras pueda evitarlo.

Por algún motivo que no le quedaba claro, Adriane había rememorado estas palabras mientras contemplaba como su marido era asaltado por una columna de humo oscuro.

Disfrutaba tanto.

¿Por qué con ella no gemía así?

Pero, por otro lado ¿cuándo había gemido ella así estando con Robert?

No es que no amara a su marido. Dios sabía lo muchísimo que lo hacía. Él era su luz al final del camino, el guía que siempre la traía de vuelta a casa. El único capaz de hacer que su corazón se calentara. Sí, definitivamente ella lo amaba.

El sexo con él era bueno. No tenía queja al respecto. Aunque nada de fuegos artificiales para ella. Ninguna explosión de lava fundida entre sus piernas como solían narrar en los libros que a veces leía. Claro que, Robert tampoco era un semental musculado con una enorme verg…No, definitivamente no se parecía al protagonista de ninguna de esas novelas.

Incluso solía resultarle fácil vencerle si echaban un pulso para ver quién fregaba los platos. Diría, en su defensa, que pasaba la mayor parte del tiempo sentado tras un ordenador, sin nada de entrenamiento físico. A diferencia de ella, que dedicaba varias horas al día a ir al gimnasio y era capaz de tumbar al más peligroso de sus oponentes sin apenas despeinarse.

Colt, él sí que era un gran tío, más alto que ella, musculoso, parecía un guerrero de la antigüedad forjado para sostener una gigantesca espada. Sí, estaba segura de que su espada era bastante gigantesca, más que la de su marido, al menos eso creyó entrever aquel día en las duchas, sólo de refilón. La culpa fue de él, no debió obligarla a ir a buscarle. Y estaba solo, totalmente cubierto de agua y con aquella indecente sonrisa suya.

Ella se había sonrojado, estaba enfurecida y dispuesta a cantarle las cuarenta, pero cuando lo vio así se quedó muda y más roja que un tomate… era tan…él era… si ella no estuviera casada…

—Pero ¿qué estoy pensando? —bramó la mujer saliendo de su momentánea ensoñación y fijando su atención en el rojizo punto que la observaba desde el escritorio.

De un fuerte manotazo derribó la cámara del video. La inquietante luz roja parpadeó un instante, que le pareció interminable y, finalmente, se apagó. El humo desapareció casi como por ensalmo y ella se sintió libre, como si un minuto antes no lo hubiera sido.

—¿Adriane? —inquirió su esposo mirándola fijamente algo confundido.

—Mi amor ¿estás bien? —inquirió ella con preocupación comenzando a desatarle las piernas.

—No sabía que ahora te gustaban estos jueguecitos —dijo él con una sonrisa extasiada en los labios.

Su respiración aún era agitada y su miembro seguía enhiesto. Temblaba de excitación y Adriane se percató de que, por algún incomprensible motivo, no tenía ni idea de lo que había sucedido.

Seguramente pensaría que ella le había sorprendido mientras dormía y era la causante de todo. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que uno de los dos despertaba de forma placentera al otro en mitad de la noche.

Al recordar a la joven doctora, interna en un psiquiátrico, Adriane tuvo miedo. Respiró hondo y sonrió con dulzura a su marido antes de besarle y terminar lo que la cámara había comenzado, pues ahora, ya no le quedaba ninguna duda de su poder. Mientras sentía como su esposo se corría entre sus habilidosas manos, Adriane se juró que acabaría con aquel endemoniado aparato.



IV 

Daba igual lo que hiciera.

Todo había sido probado con anterioridad con el mismo resultado.

Desmontarla en piezas y separarlas largas distancias, destrozarla con un martillo, sumergirla en agua dulce, en agua salada, en agua bendita, en ácido, congelarla y volver a quebrarla. También sobrevivió al peso de una apisonadora, a la fuerza de una presa hidráulica y a las altas temperaturas de una forja.

Daba igual.

Llevaba más de tres días tratando de acabar con la dichosa cámara sin éxito alguno. Probó todo lo que se le ocurrió y sacó ideas nuevas de los treinta y cinco expedientes que guardaba en su mesa. Fue un fracaso absoluto.

Las piezas volvían a unirse por sí solas. El agua no le hacía nada. La corrosión del ácido desaparecía en cuanto volvía a salir a flote. Tras prensarla parecía volver a hincharse como un globo lleno de aire y recuperaba su forma habitual.

Tras prenderle fuego y ver como el plástico carbonizado y el cristal resquebrajado se desprendían del armazón, revelando uno nuevo y más brillante al anterior, Adriane se dio por vencida.

Estaba claro que aquella cámara no era un objeto normal. Debían averiguar quién la había construido y con qué objetivo. Tal vez entonces pudieran hallar el modo de detener el mal que estaba causando.

Colt estaba al tanto de los infructuosos intentos de su jefa. La mañana del tercer día había sugerido arrojar la cámara al océano presa de cadenas y pesas suficientes para obligarla a quedarse en el fondo por toda la eternidad. Adriane le miró un instante, sacó una de las treinta y cinco carpetas que tenía en su escritorio, revisó el nombre y se la alargó con gesto cansado. Colt la abrió y tras unos minutos, mientras los cuales leía su contenido, se mordió el labio inferior, meneó la cabeza con desasosiego y le devolvió la carpeta.

—Supongo que no somos los primeros en intentarlo —murmuró desabrochándose el cuello de la camisa.

—Ya no sé qué hacer con este maldito trasto —la mujer cayó derrotada sobre una silla y se cubrió la cara con las manos.

La cámara estaba dentro de una bolsa sobre la mesa de su despacho.

Tras lo sucedido con su marido, Adriane la llevaba siempre encima evitando que cayera en otras manos que no fueran las suyas. Quizá no pudiera ayudar a Catherine ahora, pero encontraría el modo de que aquel objeto no dañara a nadie más. Aunque fuera lo último que hiciera en su vida. Ya ni siquiera estaba interesada en que la creyeran. Sólo en acabar con el peligro que encerraba.

Colt se puso en pie y abrió la bolsa.

—Insensato ¿qué crees que haces? —inquirió Adriane saltando de su asiento como impulsada por un resorte.

—Sólo quiero mirarla de cerca, tranquila.

—No es un juguete, ya te dije… —la mujer, omitiendo los detalles más escabrosos, acabó por contarle lo sucedido en su casa hacía dos noches. Colt asintió recordando lo dicho y volvió a guardarla en la bolsa.

—Bien, pues averigüemos quién o qué la construyó y que la desactive o lo que sea que deba hacer con esta cosa.

—Eso no es tan fácil. Llevo varias semanas buscando información. Seguir el curso a sus compradores para averiguar quién fue el primero me ha llevado a un callejón sin salida. No tiene número de serie, ni marca de fabricación. Las piezas tampoco revelan nada fuera de lo común, nada que la relacione con un fabricante específico. Todo cuánto hago por deshacerme de ella parece… inútil. —Tras la última palabra se desplomó sobre la mesa y la golpeó con el puño.

Colt contempló la bolsa, pensativo. Luego pareció como si una idea surcase sus miles de fibrosas neuronas y se golpeó la frente con la palma de la mano izquierda. Miró a la mujer con el ceño fruncido y por fin se aproximó a ella.

—Hazme un favor, estás agotada ¿Por qué no vas a por unos cafés al bar de Charlie y algo dulce que comer? Te vendrá bien un poco de aire. Yo me ocuparé de que nadie se acerqué a la cámara y mientras revisaré esas carpetas por si hay algo que se nos haya pasado por alto.

A pesar de que la mujer era reacia a separarse de la bolsa finalmente aceptó y salió del despacho.

Colt aprovechó entonces para extraer la pequeña cinta del interior de su compartimento. Los expertos del departamento habían analizado cada parte de la cámara excepto el casete, ya que este, en ningún momento, les había preocupado. Adriane lo descartó al corroborar que, si destruía o extraía uno, automáticamente aparecía otro nuevo y listo para ser utilizado. El de Robert yacía ahora hecho un amasijo en un contenedor. Y ahí iba a quedarse. La cinta no era lo importante.

Pensando que no perdía nada por intentarlo, Colt se guardó el casete en el bolsillo y se dirigió a una sala con el instrumental necesario para analizarla.

Tampoco allí había marcas. Chasqueó la lengua con desagrado. Estaba seguro de haber dado con la clave y estaba deseando mostrársela a Adriane y ver por fin una sonrisa en el rostro de la mujer.

La admiraba desde hacía años. Desde el primer día que lo asignaron bajo su mando. Algunos hombres no toleraban que una mujer les diera órdenes y no veían con buenos ojos su ascenso a teniente. Colt no era así. Ella le gustaba.

Tenaz, inteligente, honesta, dura… sí, la pequeña mujer era dura como un condenado diamante e igual de hermosa.

La subestimó una vez, hasta que dio con los huesos en el suelo y la tuvo sobre su regazo, inmovilizándolo y controlando la situación, a pesar de que él le sacaba cabeza y media de altura y, en cuanto al ancho…bueno, eran David y Goliat. Casi se pone erecto en ese mismo instante.

Pero la pequeña teniente estaba casada y Colt no tocaba los juguetes de los demás niños. Claro que eso no le impedía disfrutar de su compañía. Le encantaba hacerla enfadar. Arrugaba el ceño y le lanzaba una mirada que ya era famosa por dejar congelados a los tipos más indeseables del país. Sólo que en él tenía efectos secundarios.

Ahora estaba frustrada y furiosa todo el tiempo, pero no era la clase de emoción que le divertía en ella.

Verla feliz y relajada era la meta que se había propuesto conseguir. Así que también estaba dedicando horas extra al caso. Ella no tenía por qué saberlo. No todavía, al menos.

La cinta tampoco tenía marcas reconocibles.

Barruntó una serie de improperios que, de haberlo escuchado Adriane, se habría ganado una buena reprimenda.

Estaba convencido de que la clave estaría ahí. Se rascó la cabeza sin dejar de dar vueltas al pequeño objeto entre los dedos. Había visto las imágenes cientos de veces. En aquella ocasión buscaban algo que sugiriera un montaje, o un gesto imperceptible de alguno de los asistentes. Ahora no era eso lo que le interesaba encontrar…

Tras elegir el aparato apropiado, colocó el casete en el reproductor y comenzó a manipular el ordenador para ampliar el sonido y luego limpiar la imagen.

Tardó un poco, pero finalmente encontró algo que, sin duda, le serviría de mucho. En la esquina superior izquierda, lejos de toda la acción, casi imperceptible sobre el resto de la grabación, un diminuto símbolo se iluminaba de blanco sobre el escenario que se visualizaba. Lo copió en una hoja y, tras guardar la cinta en su lugar, regresó con la bolsa al despacho.

Tres días más tarde Adriane recibió una llamada de su subordinado pidiéndole que se reuniera con él. La dirección se encontraba a más de cuatro horas de camino de la comisaría. Totalmente fuera de su jurisdicción.

En circunstancias normales la mujer se habría limitado a enviar un coche para recogerlo, ya que a veces las juergas de Colt solían llevarlo a parajes extraños. Pero la mención de la cámara de vídeo la convenció para ir ella misma a su encuentro.

Horas después, Adriane se encontró en un viejo callejón de la parte vieja de la ciudad.

Una diminuta tienda, cuyo escaparate mostraba diversos elementos de brujería y magia antigua, despuntaba bajo la luz de un farol en la oscura tarde invernal. Adriane comprobó dos veces más la dirección y, fuera ya de toda duda, abrió sin dificultad la puerta del establecimiento internándose en un mar de oscuridad y olores especiados e intensos, que se metían a través de sus fosas nasales embotando sus sentidos.

Al fondo un cortinaje rojizo cubría la trastienda. Tras él reconoció de inmediato la voz de Colt y una que no le resultaba nada familiar.

Con paso firme y la mano cerca de la empuñadura de su arma, Adriane se encaminó a la trastienda, retiró de un solo tirón el tupido cortinaje y se encontró ante una escena que la dejó estupefacta.

Colt estaba arrodillado en el suelo, desnudo. Una fina columna de humo gris rodeaba sus muñecas manteniéndolas unidas a su espalda. Gotas de sudor perlaban su amplio tórax, cayendo desde el cuello y los hombros. Tenía la boca entreabierta y la mirada fija en la pierna de una mujer. Una pierna cubierta por una fina media de color canela y enfundada en una bota de tacón marrón que mantenía apoyada sobre el muslo izquierdo del hombre, ejerciendo la justa presión.

La dueña, una mujer de unos cincuenta y cinco años, se giró hacia ella y le dedicó una amplia sonrisa de bienvenida.

—Querida, te estábamos esperando —le dijo con una voz musical que parecía acariciar las palabras.

Adriane la contempló boquiabierta incapaz de decir nada.

La mujer se apartó de Colt y caminó hacia ella. Se detuvo a pocos centímetros, alzó los brazos y la estrechó con fuerza, como si fuera una vieja amiga a la que hacía tiempo que no veía.

Cuando se apartó, Adriane pudo apreciar la belleza de aquel rostro. Sus rasgos eran suaves a pesar de que las arrugas propias de la edad comenzaban a marcarla, tenía unos brillantes ojos negros y una expresión dulce y limpia en ellos. Iba a penas vestida con una larga bata de seda beige anudada a la cintura y, tan marcada, que dejaba apreciar la desnudez de su cuerpo bajo la tela.

—¿Qué… —tuvo que aclararse la garganta antes de continuar —¿Qué le has hecho?

—Nada que él no deseara, te lo aseguro.

Caminó de nuevo hasta situarse frente al policía. Se inclinó sosteniendo su barbilla con los dedos y lo besó tiernamente mientras le acariciaba la mejilla con el dorso de la mano. Colt no se resistió, al contrario, le devolvió el beso con pasión desmedida y cuando ella se retiró, no parecía haber quedado saciado del todo pues la buscaba con los labios.

—¿Lo ves? —Adriane negó abrumada por el cúmulo de sensaciones que estaba experimentando. Su vista se deslizó por la sala, que era la trastienda, hasta dar con el punto de luz rojizo que tan bien conocía.

—Es la cámara — murmuró acusadoramente —la has usado contra él.

—¿Contra él? No querida, esa cámara no es un arma. No se construyó para utilizarse contra nadie.

—Eso explícaselo a Catherine Hold, puedes encontrarla en el hospital psiquiátrico de…

—Oh —la mujer pareció entristecerse —recuerdo bien a Catherine. Pero no puedes culpar a la cámara de lo que le sucedió.

—¡Ese maldito cacharro está endemoniado! ¡Debería ser destruido! ¿Cómo puedes decir que no es culpable? ¡Posee a las personas y les hace hacer…cosas! —Adriane había estallado. Las tensiones de los últimos meses acababan de desbordarla.

Era obvio que la cámara de video obraba por su cuenta cosas terribles ¿cómo podía aquella mujer negar algo tan obvio?

—No es un objeto del mal. —La mujer emitía cada palabra pausadamente, llevando algo de calma a la habitación. Se había aproximado de nuevo a Adriane y ahora Colt la buscaba con la mirada sin proferir más que tenues gemidos. —Su poder, de hecho, es bastante limitado. No fue creada para dañar sino para liberar.

—¿Para liberar? —soltó despectiva. A decir de Adriane, no había nada de liberador en ese chisme.

—Empecemos desde el principio. Por favor, siéntate, él está bien. —Adriane había vuelto a centrar su atención en su compañero.

Colt permanecía desnudo y arrodillado, con el humo envolviendo sus muñecas y su cuerpo, evitando que pudiera ponerse en pie para huir o parar aquello. No. Eso no podía estar bien, de ningún modo.

—Ve con ella Adriane, por favor. —Las palabras brotaron con dificultad, no porque sintiera alguna clase de dolor sino porque, sencillamente, estaba excitado.

Al otro lado de la trastienda, cerca de la cámara, había un pequeño sofá. La magia demoníaca del aparato no las alcanzaría ahí y necesitaba saber lo que la mujer pudiera contarle con relación a la cámara.

Eso es lo que había estado buscando aquellos días. Así que, tras un rápido e incómodo vistazo a su subalterno, Adriane fue a tomar asiento junto a la mujer.

Esta le ofreció un vaso que contenía un líquido anaranjado pero que olía a alcohol. Adriane lo rechazó. No tenía fuerzas para beber nada ahora, quería tener la mente lo más clara posible pues la situación ya se salía bastante de lo normal.

—Empieza a hablar —la instó.

—Mi nombre es Medea.

—¿Cómo la hechicera? —Medea sonrió e inclinó la cabeza divertida.

—Sí, algo así.

—¿Es obra tuya?

—Así es. Mi pequeña —dijo refiriéndose a la cámara y mirándola con cariño.

—¿Por qué construir algo así?

—Es más sencillo de lo que parece. Tenía una amiga, una buena amiga. Éramos muy jóvenes entonces. Venía de una familia de férreas convicciones religiosas. Impartían una educación rígida y anticuada a su hija, el puritanismo más exacerbado que puedas imaginar. Y ella se enamoró.

Al rememorar el pasado Medea parecía teñirse de tristeza. Sus brillantes ojos oscuros perdieron parte de aquel brillo y durante unos minutos su mente vagó muy lejos de allí, tanto que ha Adriane le recorrió un escalofrío por la espalda. Algo en aquellos ojos hablaban del tiempo, de uno muy lejano, más de lo que cualquier persona viva podría conocer en carne propia.

Cuando Medea prosiguió su historia, Adriane tuvo que admitir para sí misma que los nervios le estaban jugando una mala pasada.

—Eran tan mojigatos, no se daban cuenta del mal que le estaban causando a su hija. Se autocastigaba noche tras noche por cosas tan pequeñas…. Por ruborizarse al mirarlo, por pensar en él en mitad de sus oraciones, por sonreír cuando él le decía que era bonita. Era incapaz de desinhibirse, de vivir la vida de un modo sano y normal.

—¿Por eso inventaste la cámara? —inquirió Adriane cada vez con mayor interés.

—Inventar no sería la palabra correcta, pero sí, puede decirse que la inventé por eso. Todo aquel que se pone frente a su objetivo es capaz de liberarse de las ataduras de la sociedad y vivir placenteramente algo tan maravilloso como es el sexo y aprender, poco a poco, de estas experiencias.

—¿Y Catherine?

—Querida niña —Medea le sonrió comprensivamente — a Catherine no la enloqueció la cámara, sino el saberse expuesta a ese nido de perversión que aquel hombre había creado a su alrededor.

Adriane estuvo tentada de preguntar cómo sabía aquello. La información sobre Hold era reservada. Nada de su implicación con Murtagh y su sociedad se filtró a la prensa. No importaba, de repente, nada de eso tenía importancia. Sólo quería seguir escuchando la voz de Medea, su historia.

—No fue concebido para vagar libremente, en eso he de admitir mi culpa. Sólo era una niña, estaba aprendiendo, y lo hice lo mejor que pude, aunque eso no sea una excusa. Me alegra haberla recuperado.

—¿Cómo sé que puedo creer lo que me dices? — inquirió Adriane al cabo de un minuto —toda esta historia me suena a un bonito cuento, pero cuento, al fin y al cabo. ¿Cómo sé que tus intenciones no fueron otras? ¿Cómo…?

—Compruébalo por ti misma —Adriane se quedó estupefacta.

—¿Qué… a qué te refieres?

—Bueno él ya lo está comprobando, sólo debes liberar tu mente y ponerte frente al objetivo ¿A qué le tienes miedo? Ya has llegado hasta aquí.

Era cierto, había estado obsesionada con el poder de la cámara durante mucho tiempo, tanto que había minado la relación con su marido alejándola de él, estaba al borde de la cuerda floja en su trabajo y creyendo volverse loca por momentos.

Pese a todos sus esfuerzos por entender el poder de aquella cámara, lo cierto es que jamás se había atrevido a probarlo por sí misma. Sobre todo, tras ver lo que le sucedió a su marido y sentir los finos hilos que la cámara había empezado a tejer sobre ella. El único modo en que podía acabar con toda aquella pesadilla era exponiéndose a sí misma.

No era tan sencillo. Temía perder el control. Su padre lo perdía cada día con ayuda de la bebida y ella se juró que nunca haría algo similar. Por eso el control era tan importante para ella.

El miedo no era lo único que la detenía. ¿Qué pasaba con Robert? ¿Podría perdonarla él si cometía alguna locura al exponerse de aquel modo al misterioso poder de la cámara? Lo amaba demasiado como para arriesgarse a hacerle daño y, aún así…

Adriane se puso en pie con un ligero temblor recorriéndole el cuerpo. Necesitaba saber, sentir en su piel la posesión a la que esas treinta y cinco personas habían sido sometidas. Averiguar por sí misma cuán peligroso podía llegar a ser el objeto de sus desvelos.

Caminó hacia Colt. Sentía el minúsculo punto rojo que la apuntaba a la espalda, amenazador. Estaba muy tensa, tanto que, guiada por su instinto, apoyó la mano en la culata de su arma.

Colt se puso en pie, la fina columna de humo que mantenía sujetas sus muñecas se evaporó.

Estaba sonriendo. Ella no. Retiró la mano de un manotazo cuando el sargento trató de arrebatarle la pistola.

Colt se pegó más a ella, tanto que la obligó a alzar la cabeza para poder mirarle a los ojos. Esta vez no se resistió. Dejó que él le arrebatara el arma y también la chaqueta de traje gris que llevaba encima y que, de repente, le parecía de lo más insulsa. Como toda su ropa. Cómoda, corriente y sosa hasta decir basta. No podía ir en tacones y con bonitos vestidos para correr tras los criminales. ¿O sí?

El hombre se alejó para dejar ambas cosas sobre una mesita que estaba a un lado.

Cerró los ojos para evitar mirar el firme y duro trasero alejándose de ella.

Abre los ojos.

La voz, sibilante, acariciadora, la obligó a obedecer. No estaba en sus oídos, sino en su cabeza. Por fin podía oírla ella también. Tan clara y nítida como le dijeron las víctimas.

Observa.

Abrió los ojos y giró el rostro. Colt no se había movido después de dejar las cosas sobre la mesa. Tenía la piel muy morena, no tan pálida como Robert. Y aquella espalda de hombros anchos cuyos músculos se marcaban a ambos lados de su columna, que no era más que un profundo surco entre ellos desembocando en un hoyuelo justo por encima de su trasero…bueno, no disfrutar esa vista debía ser pecado.

Las nalgas tampoco eran redondas como las de Robert. Apretadas como estaban parecían hechas de roca, pulidas y angulosas, perfectas para sus manos.

Adriane jadeó al darse cuenta de lo que estaba pensando. No podía tocar a Colt de ese modo. No sólo estaba casada, sino que él era su subordinado. Eso podría considerarse acoso laboral o…

Él te desea.

¿Colt la deseaba? ¿Por qué? Ella era, demasiado pequeña para él. Siempre andaba rodeado de altas mujeres rubias de enormes senos y ella era todo lo contrario. Menuda, morena, de pechos pequeños. Tal vez no tanto. A Robert no le cabían en las manos por poco. Le gustaban así, siempre se lo decía. ¿Le gustarían a Colt?

De nuevo se asustó de sus pensamientos y sacudió la cabeza.

Medea contemplada la escena desde el sofá entretenida. Admiraba a la joven policía. Su férrea voluntad parecía inquebrantable. La cámara encontraría el modo de convencerla de liberarse de sus cadenas. Siempre lo hacía.

Colt dio media vuelta y volvió junto a ella. Por su mirada, Adriane habría jurado que le estaba pidiendo permiso para algo. Él nunca le pedía permiso para nada. Era impulsivo, insubordinado, bocazas, …un guerrero, un enorme macho lleno de músculos y con una terrible erección apuntando hacia su estómago que…

Retrocedió, se arrodilló frente a ella y volvió a mirarla de aquella manera, casi suplicando.

Dáselo.

Ella asintió. Fuera lo que fuera lo que Colt le estaba pidiendo, Adriane le dio permiso.

Las manos del hombre la descalzaron antes de alzarse y comenzar a desabrochar uno a uno los botones de la camisa de la mujer. Incluso arrodillado era capaz de llegar hasta sus hombros para deslizar la prenda sobre ellos y fuera de su cuerpo.

Sin apartar la mirada de ella, bajó las callosas palmas por sus brazos, la cintura, el ombligo, hasta el botón de su pantalón.

—¡No!

Colt se detuvo de inmediato, quieto, como una estatua, como si él… como si…

Desea obedecerte a ti.

Por todos los santos, si ese hombre debía recibir una reprimenda cada vez que ella le mandaba hacer algo. ¿Qué quería decir con que deseaba obedecerla? Colt sólo lo hacía cuando le venía en gana.

Ama.

La palabra echó raíces en su cerebro nublando su consciencia por un momento. Él quería que ella fuera ¿su ama?

Recordó aquella vez que se vio obligada a tumbarle contra la colchoneta del gimnasio. Otro hombre prehistórico más en la larga lista del departamento. Yo hombre, yo fuerte. Tú mujer, tú débil. Le había dado su merecido. Una llave bien aplicada y la enorme torre de testosterona acabó derrumbándose contra el suelo, con ella encima evitando que volviera a levantarse.

Estaba erecto esa vez. Se acordaba de eso. Le soltó en cuanto notó la dureza bajo ella. Temió entrenar con él después de eso. Su contacto la ponía nerviosa, pero no volvió a repetirse. Hasta el día de la ducha. Claro que entonces, él ya estaba en posición de firmes antes de que ella entrara a los vestuarios buscándolo.

Su mirada se demoró más de lo estrictamente necesario en su húmedo cuerpo desnudo. No era culpa suya. Colt era todo un portento. Un magnífico representante del género masculino. Y ni siquiera tuvo la decencia de cubrirse cuando la vio entrar. A él no le molestaban aquellas cosas, tan desvergonzado. A ella en cambio…

Colt volvió a alzar las manos hacia la cinturilla de su pantalón. Las dejó ahí, esperando, hasta que ella asintió de nuevo.

Que un hombre como aquel se doblegara a su voluntad era…inquietantemente erótico. Y que su marido la perdona, ella le deseaba, desde el día de la ducha, cuando no pudo evitar preguntarse cómo sería estar con un hombre así. Un tipo rudo y de aspecto tan varonil.

Y no es que Robert no la atrajera. A ella le gustaba su aparente fragilidad, que no era tal. Su cuerpo esbelto y larguirucho que se acoplaba perfectamente al de ella. Sí, Adriane también deseaba a su marido. ¿Podía sentirse lo mismo por dos personas tan diferentes?

Basta, Adriane.

Sus pensamientos seguían por caminos que ella no quería recorrer. La voz la incitaba, la empujaba a seguirlos. Mandaba imágenes, recuerdos a su memoria. Le hacía promesas de lo que vendría a continuación.

Cuando la ropa cayó a sus pies supo que estaba perdida. Que haría cualquier cosa que la voz de la cámara sugiriera y, lo peor de todo, es que ella deseaba hacerlo. Deseaba dejarse llevar y estar con ese hombre. Quería probarlo.

Su marido fue borrado de su mente de un plumazo cuando la boca de Colt se cerró sobre su ombligo y comenzó a jugar con él. Sus enormes y ásperas manos sujetándola por la cadera. El rasposo mentón arañando su pelvis por encima de la lencería blanca.

Movió la pierna para rozar el pene erecto. Suave, duro, caliente. Le oyó gemir y vio la gota brillante asomando y deslizándose hasta su pierna. Alargó la mano y la retiró con el índice. La miró un momento antes de llevársela a la boca y saborearlo. El gimió contra su abdomen sin dejar de lamer alrededor de la cicatriz y dentro de ella.

Adriane tomó su cabello en un puño y lo apartó. La dicha que había en sus ojos mientras ella tiraba de su pelo la dejó sin aliento. Lo soltó, pero no le permitió volver a tocarla. Se retiró para acabar de desnudarse. Quería que él la viera. Necesitaba averiguar si su cuerpo le gustaba, aunque no fuera como todas esas mujeres con las que él solía salir.

Pensaba que saldría corriendo si él la rechazaba, lo cual era estúpido, porque ella nunca dejaba que sus inseguridades dominaran su vida y él ya estaba alabando su cuerpo, de cualquier manera.

No olvides quién eres.

No se dejaba dominar, era cierto y, aun así, allí estaban, sacudiendo su mundo, aunque no fuera visible excepto para ella. Ella que era fuerte, inteligente, honesta. Era buena en su trabajo, una de las mejores, había llegado muy lejos por méritos propios. Respetada, amada, admirada. Esa era ella.

Con una nueva determinación abrió el broche del sostén y lo dejó caer. Luego permitió que él le arrebatase la última prenda, como si fuera una diosa dándole un pequeño placer a un miserable campesino.

La veneración en los ojos de Colt la hinchó y la calentó por dentro. Era hermosa. Y eso era algo que ella ya sabía, aunque hasta ahora no se había dado cuenta de ello. Y no importaba si estaba desnuda o vestida con su uniforme de trabajo o con un elegante vestido de lentejuelas. Ella era hermosa por sí misma, por lo que guardaba en su interior y no por lo que dijeran los demás.

¿Y por qué no había pensado en eso hasta ahora? Lo veía tan claro. Como si el pensamiento hubiera estado ahí toda su vida, solo que oculto a sus ojos.

No lo olvides.

No. Adriane no iba a olvidarlo.

—P-por favor…

Tan lindo. Rogando desde el suelo.

Adriane le acarició la mejilla rasposa e hizo un nuevo gesto afirmativo. Esto hizo que el hombre se pusiera inmediatamente en movimiento, atrayéndola de nuevo hacia sí por las caderas y alzando la cabeza para alcanzar, con su boca, la suave curva bajo sus senos.

La diestra cayó bordeando el hueso de la cadera, la piel suave de su muslo, haciendo círculos y rozando delicadamente la ingle. Adriane separó las piernas para él y Colt sumergió sus dedos en la húmeda hendidura, frotando con suavidad, circundando la bola de nervios que empezaba a sobresalir.

La mujer cerró los ojos dejándose acariciar. Cuando las rodillas le fallaron, algo la sostuvo, la recostó en el aire y la mantuvo abierta para el hombre que no se detuvo.

El humo. El humo que surgía del objetivo de la cámara y que flotaba formando gruesos hilos en torno a ella, bajo su espalda, el trasero y las rodillas, acariciando los lugares a los que Colt no llegaba con sus manos o su boca. Un trono de bendita ingravidez y aterciopeladas caricias.

Eso no estaba bien, ella tenía a alguien. Alguien que la amaba.

El amor no tiene nada que ver en esto.

¿No lo tenía?

Solo es placer. Déjate llevar.

Siéntele.

Y ¿cómo no iba a sentirle? Se estaba apoderando de ella poco a poco. Hacía que la excitación recorriera cada fibra de su ser, que lo deseara dentro de ella, en su boca, en sus pechos, en todas partes. La licuaba por dentro.

Despegó los párpados. Algo provocó que Colt se detuviera. Lo miró y él le devolvió una sonrisa descarada y satisfecha que hizo que se le retorcieran las entrañas de necesidad. Estaba jugando con su miembro, acariciándolo para ella, preparándolo para la invasión.

—No —la orden fue dulce y firme y le detuvo cuando apenas había comenzado a horadar su entrada.

Y le gustó. Lo bastante para hacer que una ola de placer se perfilara y creciera ondeando por todo su cuerpo. La hizo sentir poderosa. Él era más fuerte, mucho más grande que ella y, aun así, solo necesitaba una palabra para tenerle bajo su control. Ni siquiera eso.

Supo, con solo fijarse, que habría bastado con una mirada para detenerle.

Quería tocarle, sentir la fuerza que emanaba de ese torneado cuerpo. Le hizo un gesto con el dedo y Colt se acercó, deteniéndose entre las piernas de ella, apenas rozando su sexo con el suyo. Pasó una mano por el tórax de él arriba y abajo notando la musculatura bien desarrollada bajo la piel. La dureza de sus pectorales, la robustez en los hombros y el poder de sus brazos. En otra época, la máquina de matar perfecta, el gladiador triunfal del circo, el bravo guerrero. Y aquel ser la obedecía a ella.

Le agarró el miembro, observando como sus ojos se entrecerraban y la mandíbula se tensaba al apretar él los dientes. Era grueso, lo bastante como para impedirle cerrar la mano a su alrededor. Y lo suficientemente largo como para llenarla sin dañarla. Perfecto.

Lo acarició un rato, centrándose únicamente en los gestos de su rostro y los eróticos ruiditos que escapaban de su garganta. Cuando consideró que se había divertido lo suficiente, lo introdujo despacio en su interior, sintiendo como la dilataba. Como la estiraba con un dolor que era a la vez placer y que pronto se convirtió en plenitud. No podía estar más llena.

Y él aguardó de nuevo. La frente perlada de sudor por el esfuerzo de contenerse, los puños apretados y las gruesas venas marcadas bajo la piel de sus brazos.

—Ahora puedes moverte —le susurró, dejando que su cuerpo cediera al abrazo del humo negro y crepitante que hacía cosquillear su cuerpo. Dejándose arrastrar por las sensaciones, incapaz de apartar la vista mientras Colt se movía como un pistón bien engrasado en su interior.

Lava fundida. Lo que estaba experimentando era justo eso. Lava fundida y ardiente entre sus piernas. La electrizante descarga que se acumulaba bajo su espalda y crecía cada vez más, amenazando con estallar por cada fibra de su ser en cualquier momento.

El orgasmo fue demoledor. Ambos juntos, ambos gritando al unísono. Las contracciones haciéndose más intensas al sacudirse él, todavía dentro de ella.

Cuando pudo abrir los ojos seguía flotando en el aire y Colt estaba entre sus piernas, con una toalla húmeda, lavándola con delicadeza, demasiada para un hombre tan rudo.

Terminó y alzó la vista hacia ella. Esperaba su aprobación, como un cachorrito que acabara de aprender a traer la pelota a su dueño.

Adriane sonrió, tiró de él con la mano asida a su nuca y le besó.

—Lo has hecho bien.

No dijo más. No era necesario. La felicidad en el rostro de Colt era indescriptible.

El humo se enroscó hasta dejarla de nuevo sobre sus pies.

Algo suave rozó sus hombros, se volvió. Medea se había acercado y estaba rodeándola con una bata de raso negro. Sonreía.

—¿No es hermoso? —inquirió Medea con los ojos brillantes.

Adriane frunció el ceño confundida, hasta que volvió a mirar a Colt. El humo había adoptado formas sugerentes sobre su cuerpo y él tenía los ojos cerrados sumido en el placer de sus caricias.

—S..sí —logró contestar Adriane.

—Acompáñame —la llevó de regreso al sofá y ambas tomaron asiento.

—Dime, cómo te sientes.

—Bien y…Confusa. —Medea aguardó un instante más —Y …libre, en cierto sentido. Es como si un peso se hubiera levantado de mis hombros, aunque todavía no estoy segura de qué es lo que ha sucedido.

—Bueno. La cámara no obra milagros. Y tu voluntad no se lo ha puesto fácil tampoco. Pocas personas son capaces de resistir su influjo como tú lo has hecho. Tienes una mente fuerte. Eso también es una ventaja. Hará férreas tus convicciones. Solo hay que asegurarse de que sean las adecuadas y tu inteligencia y sensibilidad se ocuparán de eso.

—Le gusta ser dominado. Nunca lo hubiera imaginado.

—¿Y a ti? ¿Qué es lo que te gusta?

—Dominar —contestó sin detenerse a pensarlo. No lo necesitaba.

—Robert y tú encajáis, sois dos caras de la misma moneda. A él le gusta perder el control en la cama y a ti tenerlo.

—Nunca me lo dijo. Nosotros siempre hemos sido tan…

—¿Normales?

—Bueno, no. Sé que no es…

—Descuida. Es la sociedad. Todo lo que se salga de la postura del misionero y algunas más es considerado “anormal”. Pero no es así.

—Nunca le había visto disfrutar tanto como cuando la cámara lo ató a la cama de nuestro dormitorio. No conmigo, al menos.

—¿Y tú?

—Nunca así, no antes de hoy.

—Entonces sabes lo que tienes que hacer. Tienes la fuerza y la determinación necesarias y, ahora, el conocimiento que te faltaba. Solo ve a casa y habla con tu marido.

Adriane se volvió a mirar a Medea. Sus pupilas reflejaban ahora una diversión casi infantil, nada de los eones de sabiduría que había creído vislumbrar antes.

—No puedo irme de aquí sin él.

Colt estaba erguido otra vez e intangibles figuras extrañamente femeninas se arremolinaban en torno a él, acariciando, besando, lamiendo y succionando su cuerpo.

—Él es quién menos necesita del poder de mi cámara, y quién más lo disfruta, también —Ambas rieron con ganas —Dejémoslo acabar.



V 

Adriane se enderezó en su asiento, tratando de no quedarse dormida. Sentía su cuerpo tan relajado y su mente tan agotada y libre, que en lo único que quería pensar era en meterse la cama y dormir durante días.

Colt se ofreció a conducir de regreso a casa. Ser previsor, le permitió viajar en un coche de alquiler que dejó en manos de la compañía antes de visitar a Medea, de ese modo, no hubo otro vehículo por el que preocuparse.

Antes de partir, Medea prometió ocuparse de la cámara para que jamás volviera a vagar lejos de su control. También visitaría a Catherine Hold y se aseguraría de hacer cuanto estuviera en su mano por sanar su mente y reparar el mal infligido.

Con el caso cerrado y el capitán Madness deseando recuperar a su teniente preferida, la desaparición de la cámara no sería tenida en cuenta. Y poco a poco, todo regresaría a la normalidad.

Adriane no sabía qué hacer, decir o sentir, después de lo sucedido. Observó a Colt por el rabillo del ojo. El hombre se veía sonriente y relajado, tarareando una canción que en ese momento sonaba en la radio y marcando el compás con los dedos sobre el volante.

Su mirada se dirigió a la alianza que llevaba en el dedo anular, lo hizo girar con nerviosismo de un lado a otro mientras se mordía el labio inferior.

—¿Amas a tú marido? —la pregunta la pilló por sorpresa y Colt tuvo que repetírsela.

—Por supuesto que lo amo. ¿Qué intentas sugerir? —respondió ella casi gritando.

—Solo confirmo un hecho. Tú le amas a él, no a mí.

—Eso por descontado —barruntó ella enrojeciendo.

—Entonces ¿dónde está el problema?

¿Qué donde estaba el problema? Acababa de ponerle los cuernos a su marido, de la forma más extraña posible, y ahora se sentía terriblemente culpable. ¿Cómo iba a poder mirarle a la cara después de aquello? ¿Y a Colt? Seguramente después de lo sucedido habría perdido el respeto del hombre, y ella era su superior. No imaginaba como podría regresar a la rutina y dar órdenes como antes de aquella tarde.

Era todo tan complicado.

—Te torturas innecesariamente —le respondió él cuando Adriane le hizo partícipe de sus temores —. Estoy convencido de que no te planteas volver a acostarte con otro tío que no sea Robert. ¿Correcto?

—Eso nunca —soltó, sabiendo firmemente que jamás volvería a pasar. La sola idea hacía que se le revolvieran las tripas.

—Bien. Esto solo era un caso más. Como cuando se trabaja infiltrado. A veces nos gusta ser otra persona, pero no por eso vamos a seguir siéndolo una vez concluido el trabajo. —Eso era cierto. Que disfrutases de algo en un momento dado, no hacía que quisieras seguir haciéndolo el resto de tu vida. Ella había disfrutado mucho con Colt hoy, pero, si debía ser sincera consigo misma, no quería repetir la experiencia. En cambio, estaba deseando doblegar a su marido y verle disfrutar como aquella última noche. —No voy a negarte que estaba deseando meterme bajo tus botas desde que te conocí —continuó él —. Eres una mujer muy especial Adriane, pero no estoy enamorado de ti. Cuando regresemos no voy a perseguirte para que me azotes ni nada por el estilo. Estás casada y soy perfectamente capaz de respetar eso. Además, sigues siendo mi superior y eso está bien para mí.

Adriane guardó silencio un instante, estudiando las palabras de Colt. ¿Podría volver a ser todo como antes? Realmente no, porque ella ahora sabía que le gusta ser dominante en el dormitorio y quería jugar a eso con su marido. De hecho, estaba deseando hablar con él sobre eso y ver hasta dónde podían llegar cuando dejara de haber secretos de cama entre ellos. En cuanto a Colt…

—Jamás hubiera pensado que eras de los que disfrutaba siendo dominado.

Colt se encogió de hombros sin apartar la vista de la carretera y ladeó una sonrisa en sus labios.

—Solo si estoy con la persona adecuada. Todavía no he conocido a nadie así. Yo tampoco sabía que eras de las que le gusta empuñar el látigo, avisaré al resto de compañeros para que nunca te hagan enfadar.

—¡Colt! Sí se te ocurre hablar de esto con alguien…

La carcajada del hombre la hizo callar de inmediato. El muy idiota solo estaba tomándole el pelo. Como solía hacer. Como siempre. Del modo habitual en que solo él sabía hacerlo.

Al parecer, nada entre ellos iba a cambiar después de todo.

—Colt.

—¿Si, teniente?

—Es tarde, pero mañana tú y yo vamos a hablar largo y tendido sobre salir a investigar por tu cuenta. Espero que sea la última vez que cometes una locura semejante. ¿Entendido? —Colt hizo un gran esfuerzo para mantenerse serio.

—Entendido, teniente. La última vez.



Epílogo 

La campanilla de la puerta repicó con sonoridad inundando el pequeño establecimiento, una mujer de cabellos claros y marcadas arrugas en los ojos apareció tras una larga cortina roja y saludó con la mano.

—Le atiendo en un minuto.

El hombre que acababa de entrar en la tienda sonrió conciliador y se dedicó a contemplar los diversos productos del establecimiento. Aceites corporales, hierbas conservadas en tarros de cristal, pentáculos de plata, velas de colores…

—Ya puede pasar —la voz de la mujer lo sorprendió.

La siguió rápidamente al interior de la trastienda, tratando de encontrar el valor necesario para decirle su nombre en lugar de dar media vuelta y volver por donde había llegado. La mujer lo retuvo con un gesto de la mano y le mostró su nombre en un viejo cuaderno de anotaciones.

—Por favor, respire hondo y sitúese en el centro de la habitación. Empezará en seguida.

Mientras el hombre hacía lo que se le decía, un diminuto punto de luz rojiza comenzaba a encenderse al otro lado de la sala, la mujer tomó asiento en el sofá junto a la luz y se dispuso a observar.

Debió habérsele ocurrido antes, un centro clandestino de terapia sexual. Adriane se había alegrado mucho al conocer su idea. Solía visitar a Medea para tomar un café y charlar. Las cosas con Catherine mejoraron mucho con las visitas de la mujer y pronto recuperaría su vida. Y, en cuanto a Colt, él solía aprovechar sus ratos libres para pasarse a recibir alguna que otra sesión “terapéutica”.

—Jamás cambiará —dijo Adriane sonriente —él nunca.



El contenido de este relato puede ser reproducido total o parcialmente, siempre y cuando se incluya referencia a la autora. Todos los derechos reservados. Bajo licencia SafeCreative. Primera edición: 2008 – Reeditado para publicación Septiembre 2018 Título original: Posesión © 2018 Patricia Villanueva Polo Fotos de portada: Pixabay Maquetación y Diseño de portada: Patricia Villanueva Polo Publicado por: Patricia Villanueva Polo

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