Le peintre et le boulanger

le peintre et le boulanger

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Sinopsis: El recuerdo del olor a trementina y de los bollos calientes, despiertan la memoria de pasiones y una vida llena de amor y erotismo. Le peintre et le boulanger.



Le peintre

El sol desplazó el contorno de mi figura por la pared de estuco gris, durante las tres horas que pasé allí tumbada. Tenía el cuello entumecido y la espalda dolorida de mantener tanto tiempo aquella rígida postura. Hacia el final de la tercera hora, él tuvo que permitirme un leve descanso para liberarme del terrible calambre de la pierna.

Después acabó en seguida.

Por suerte, en aquella época el sol calentaba lo suficiente su frío y destartalado estudio. Pasar mucho tiempo desnuda, quieta, como una estatua de mármol, no contribuía mucho a entrar en calor.

Recuerdo la primera vez que me dibujó así.

Yo era casi una niña, a penas trece años. Mis mejillas ardían tanto como mi cuerpo, poco acostumbrado a ser observado por hombre alguno y menos de aquella guisa. Con el tiempo me acostumbré. Él era un artista, un afamado pintor de la capital. No veía en mí a una mujer sino un conjunto de líneas y curvas que debía alinear para conseguir su cometido. La paga era generosa, una cuota por cuadro. Me daba de comer a mí y a mis cinco hermanos pequeños.

Para pagar sus estudios, tuve que tomar otro trabajo cuando fui algo más mayor, en una pequeña panadería junto al puerto. Un lugar coqueto y tranquilo, en el que los clientes no trataban de propasarse contigo y dónde siempre olía a pan recién hecho y bollos. No podía quejarme, era afortunada teniendo en cuenta el barrio del que provenía.

—¿Tostadas? —Levanté la cabeza por encima de la cortina que separaba el vestidor del resto del estudio y la sacudí enérgicamente, despeinando mi cabello rojizo alrededor del rostro.

—Llegaré tarde a trabajar —expliqué. Él dejó la bandeja sobre la cocina y se metió una miga grande cubierta de mantequilla en la boca. Luego sonrió y se alejó hacia el caballete que había estado usando. Nunca me dejaba ver los cuadros que me hacía hasta que estaban terminados—. Vendré mañana, una hora antes ¿te va bien?

—Por supuesto, mejor luz.

Era un hombre de pocas palabras. Agradable a su manera, excéntrico en ocasiones y un total inconformista. Además de todo un sinvergüenza. Tenía decenas de modelos, todas ellas mujeres y se acostaba con la mayoría. Muchas eran cantantes de ópera, actrices de teatro y modelos profesionales, aunque las que de verdad le gustaban eran las mujeres como yo, inexpertas, ignorantes del arte y la buena vida, mujeres sencillas, de los suburbios, pobres. Decía que representábamos la realidad del mundo, entre tanta falsa belleza y el boato incombustible de las ricas mujeres de la capital. Sólo con nostras hacía verdadero arte.

Y yo le creía.

Al cumplir los diecisiete, me dio una lección de lo que era respetarse a una misma.

Estaba mortalmente aburrido aquella tarde. Sus musas no le inspiraban lo más mínimo. Gritaba enfurecido y arrojaba al aire todo lo que caía en su mano. Se dejaba caer al suelo entre dramáticos gestos, se tiraba del pelo y se miraba las manos acusándolas de viejas e inservibles —sólo tenía 34 años entonces—. Todo un número. Por suerte, yo lo conocía ya a la perfección y no me dejaba impresionar por sus arranques violentos.

Permanecí tumbada en la tarima, con los brazos doblados bajo la cabeza, el pelo revuelto sobre ellos, el cuerpo completamente estirado, salvo por la pierna derecha que estaba sutilmente doblada e inclinada hacia la izquierda. Era una imagen provocativa, sugerente y erótica.

Hacía algo de frío. A pesar de todo, él se empeñó en pintar con las ventanas abiertas. Tenía la piel de gallina y los pezones erizados y oscuros. De algún modo había conseguido quedarme adormilada. Eran aquellos dichosos olores a pintura, linaza y trementina. Me encantaban.

Entonces sentí sus manos sobre mi cuerpo.

El roce fue leve al principio. Luego sentí que untaba algo alrededor de mi ombligo trazando círculos en espiral y abrí los ojos.

Me estaba usando como lienzo.

Había alineado los botes de pintura, el carboncillo y el pastel a un lado, cerca de él. Trazó un complicado sol de un color rojo oscuro en mi vientre y luego buscó el carboncillo para dibujar árboles en mis muslos, usando el vello oscuro y rebelde de mi entrepierna, como ramas y hojas frondosas de invierno.

Estaba acostumbrada a que me tocara. Casi siempre para colocarme en la posición deseada, pero aquello resultaba muy agradable y me sentí confusa.

Él me miró un instante. Tenía los ojos brillantes y una cálida sonrisa en el rostro. Parecía querer decir que no me preocupara, que estuviera tranquila. Me quedé quieta, como si aún siguiera posando, sintiendo sus dedos manchados de pintura recorrer mi abdomen y mis piernas con suavidad.

La pintura estaba fría, sus manos no. Trazaba complejas figuras en mis costados haciéndome cosquillas. Creaba criaturas imaginarias en mis piernas, sobre mis rodillas, grababa la huella de sus manos sobre mis glúteos y trazaba collares de colores bermellón y aguamarina alrededor de mi cuello.

Palpó mis senos dejando la marca de sus dedos en ellos, los comprimió haciendo que diera un respingo de la impresión. Con la yema acarició el pezón hundido, como tratando de despertarlo de su modorra. Lo incitaba cuidadoso. Lo rodeaba creando círculos de pintura a su alrededor, en colores anaranjados y amarillos.

Mi respiración estaba agitada. Mi cuerpo ardiendo a pesar del aire helado que se colaba por la ventana. No comprendía qué me estaba sucediendo, sólo sabía que era muy agradable y que hacía crecer en mí un ansia que necesitaba ser consumida.

—No pienso dejar que me cuelgues en el Louvre —le susurré bromeando, reprimiendo un jadeo, sin dejar de sentir sus caricias y la pintura fresca sobre mi piel.

Ya apenas quedaba un rincón de mi cuerpo sin pintar. La nuca, la espalda que seguía apoyada contra la tarima, poco más.

—Este cuadro es sólo para mí —dijo poniéndose en pie y admirando su obra —. He de disfrutarlo antes de que se destruya.

Al principio no entendí muy bien a que se refería. Se limitó a alejarse y lavar sus manos con cuidado. Tardó un rato, mientras la pintura se iba secando sobre mi cuerpo. Era como llevar un vestido de diversos colores, demasiado ceñido y que dejara poco a la imaginación. Yo me agitaba intranquila. La necesidad clamando por algo que yo no conocía.

Me hizo levantar con cuidado y me puso frente al espejo que usaba para retratarse a sí mismo, en las contadas ocasiones que carecía de un modelo masculino para sus obras.

—Mira que hermosa eres —me susurró al oído —. Observa cada detalle de tu cuerpo, las curvas de tus senos, tan delicadas de pintar.

Mis pechos destacaban de un vivo color amarillo y naranja sobre el resto de pinturas oscuras y sin brillo. Del mismo modo destacaba mi entrepierna, con los raquíticos árboles en carboncillo y la mata de vello como copa.

—¿Sabes porque parece un bosque? —negué con la cabeza estremeciéndome de placer ante sus caricias —. Por qué es ahí donde germina la semilla que da vida.

Pegó mi espalda a su pecho sin importarle manchar la camisa y deslizó su mano entre las ramas de los árboles, buscando algo que yo no adivinaba, inocente aún cómo era entonces.

En aquella postura podía admirarme a mí misma, los colores, mi desnudez, su mano adentrándose en rincón tan privado, el gesto de su cara, el gesto de la mía. Eso me excitó.

—Nunca dejes que nadie se adentré ahí si no le deseas. Si no le amas. —Seguía hablando con su boca pegada a mi oreja. Sentía el calor de su aliento en el cuello, su mano entre mis piernas calentándome por dentro. —Recuérdalo —. Asentí, con los ojos casi cerrados de placer.

Sus dedos atraparon mi clítoris y lo masajearon arrancando gemidos de mi garganta. Presionaron y tironearon de él con fuerza unas veces, con suavidad otras. Algo crecía en mi vientre. Algo caliente y picante que deseaba ser liberado y que yo aún no conocía. Su mano trabajó laboriosamente entre mis piernas un rato más, hasta que me asaltó el orgasmo y tuve que rendirme a sus brazos.

En aquel momento no entendí porque mi madre insistiera tanto en no dejarme tocar por hombre alguno, fue muy agradable.

Era amable conmigo. Nunca me obligó a hacer nada que no deseara hacer. Me trataba con respeto y pagaba mi sueldo regularmente. A pesar de la diferencia de edad parecía entenderme bien, así que me sentía a gusto a su lado.

Nunca volvió a tocarme.

Le Boulanger

Las calles de Francia en aquella pequeña ciudad portuaria resultaban alegres y claras. Bien iluminadas por el sol, gracias al blanco y crema de los muros de sus edificios. El olor de las jardineras que colgaban de los balcones perfumaba las calles, cubriendo el del pescado que se vendía en los puestos, junto a otras exquisiteces.

La panadería era luminosa y nunca estaba demasiado caliente ni demasiado fría. Creo que regulaba la temperatura mejor que los modernos equipos de ahora.

Jean me esperaba con una sonrisa y una cesta repleta de magdalenas rellenas de manzana. Debía llevarlas a casa de una de nuestras clientas para la fiesta de cumpleaños de su nieta. Al regresar, pasamos la tarde amasando harina y cociendo pastas para entregar en una cafetería del centro, que acompañaba su chocolate nocturno de bollos de crema y pastas de té. Los días eran tranquilos y me divertía estando con él. Me gustaba el olor de la masa caliente, de la crema recién hecha, del chocolate, de la mermelada de fresa que nos traían de fuera. Él me hacía reír. Me trataba como a una mujer de su misma clase. No le importaba que yo aún viviera en los suburbios, ni que arrastrara el cuidado de cinco hermanos que, por aquel entonces, ya empezaban a cuidarse bastante bien por sí solos.

No tardé demasiado en darme cuenta de que yo le gustaba. Entonces era más experta en las relaciones entre hombres y mujeres. Aprendí mucho de las lujuriosas amiguitas de Philip y las fiestas a las que a veces me obligaba a ir como una de sus musas. Jean era distinto. Callado, tímido, discreto, conformista. Todo lo contrario de Philip.

A su lado me sentía segura y en paz, junto a Philip… es difícil de explicar.

Jean me acompañaba a casa por las noches, se aseguraba que llegara bien y se preocupaba si tardaba en ir al trabajo a la mañana siguiente. Cuando el negocio comenzó a decaer, tuvo que despedir a la mayor parte de sus ayudantes, pero, a pesar de que entre él y su hermano habrían podido llevar el negocio, siempre se resistió a deshacerse de mí.

Tenía 22 años, algunos decían que era demasiado mayor para formar una familia, Jean no.

—¿Otra vez te ha tenido trabajando hasta tarde? —inquirió una tarde al verme llegar medio despeinada y con las mejillas rojas por la carrera que había dado para no retrasarme.

—Ya sabes cómo es, le viene la inspiración en el último momento —aduje encogiéndome de hombros.

—No sé da cuenta de que acabas agotada. La semana pasada no pudiste mover el brazo izquierdo durante tres días. —Estaba enfurecido. Cuanto más se preocupaba por mí, más odiaba a Philip y yo no podía hacer nada por convencerle de que no era mal tipo.

—Estoy bien, ¿no hueles a humo? —Y corríamos hacia la trastienda a comprobar el horno, y con el trabajo todo parecía quedar olvidado.

Pero no.

Aunque no se atrevía a preguntármelo, yo sabía que lo que realmente le molestaba a Jean era pensar que, al igual que el resto de sus modelos, yo también me acostaba con Philip. Estaba enamorado de mí. Temía que yo sólo lo estuviera del pintor.

Por algún motivo, no quise o no pude darle ninguna explicación. Ahora, a mis ochenta y cinco años, no puedo decir que me arrepienta de ello, ni muchísimo menos.

Pinceles y bollos calientes

 

Una tarde, tras terminar de repartir todos los encargos de la panadería, dejé a Jean al cargo de los últimos preparativos y marché al estudio de Philip. Quería pintarme en un nocturno y necesitaba aprovechar las horas de la noche para ello.

Cuando llegué, aún tenía harina en la cara y en el pelo, que él se encargó de sacudir, haciendo bromas tontas sobre si también metía la cabeza en el horno o algo así.

Recuerdo haberle metido un croissant de mermelada recién horneado en la boca, para hacer que se callara. Solía llevarle algunos de la panadería, sin que Jean se enterara. Se habría puesto hecho una furia al saber que su enemigo probaba sus deliciosos bollos. Luego me desnudé como de costumbre y me recosté en un diván cubierto de sedas azules y plateadas que parecían representar un cielo estrellado.

Había engordado un poquito. Philip decía que por causa de la harina aspirada, pero no le importó. Le gustaban las mujeres naturales, no las sílfides de cuellos largos y miradas lánguidas, que se desmayaban a la más mínima ocasión. Seguramente por no comer nada durante la semana.

Él tenía muy buen apetito.

Como de costumbre, me quedé medio dormida.

Tuve un sueño extraño que me recordaba lo nervioso que Jean había estado todo el día. No quería que pasara la noche en el estudio, pero en cierto modo, logré tranquilizarle para que me dejara ir.

Desperté algo aturdida, Philip estaba inclinado sobre mí estudiando algunos detalles de mi cuerpo.

—¿Quieres una lupa? —inquirí socarrona. Él no contestó, estaba sumido en su mundo de líneas y curvas, sombras y luces, ajeno a todo lo demás.

Un momento después se alejó y siguió pintando, volví a quedarme dormida. El sonido del carboncillo rascando el lienzo me resultaba tan agradable, como a otras personas el romper de las olas en el mar. Entonces no lo supe, no hasta varios años después, pero justo en el momento que Philip subió al piso de arriba en busca de más óleo color terracota, mi vida cambió por completo.

Jean entró en el estudio y me vio allí tumbada, serena y desnuda, completamente dormida. Se quedó observando el cuadro que Philip estaba pintando y se acercó a mí. Philip aseguró que su intención era sacarme de allí, pero que, consciente de lo que Jean sentía, finalmente decidió alejarse y pasó el resto de la noche ocupado en terminar unos bocetos inacabados, para cierta asociación de herbólogos.

O eso dijo él. Quién sabe.

A mí me seduce más la idea de que pasara la noche con un ojo pegado a alguna de esas molestas grietas en el suelo. De ser así, lo habría visto todo y esa imagen me acompañó años después, en noches frías, bajo las sábanas calientes. Sería un modo de devolverle la jugada, ya que a menudo era yo la que tenía que pasar horas esperando a que él acabara una “visita”, con alguna de sus modelos. Nunca me importó observarles, ni a él que lo hiciera. Así aprendí mucho más que con el vulgar cuento de las abejas y las flores.

Los dedos de Jean acariciaban mis labios entre abiertos. Para él eran una obsesión. Llevaba años deseando besarlos, pero nunca se había atrevido a hacerlo. Sentí sus caricias y abrí los ojos. Los suyos reflejaban un amor tan puro que me fue imposible reaccionar al verle allí.

Jean jamás había pisado el estudio de Philip, ni siquiera hacía repartos en aquel barrio. En seguida una leve ira los cubrió y se apartó como impulsado por un resorte.

—Tú le amas ¿verdad? —acusó, apartando la vista, incapaz de mirarme.

—¿Por qué piensas eso? —Quise cubrirme. Al contrario que con Philip, me moría de vergüenza estar desnuda frente a Jean. Él no era un artista, era un hombre. Y uno muy especial para mí.

—Las otras lo están.

—Yo no.

—¿Os acostáis?

—No.

Me miró incapaz de creerme.

Yo no puedo culparle, nunca pude. Dudo mucho que hubiera más mujeres capaces de resistir la arrebatadora personalidad de Philip, pero yo jamás me acostumbre al mundo que le rodeaba y él, de algún modo, sabía que yo no era como las otras. Aunque ignoro el motivo que le impulsó a tocarme aquella única vez y lo añoro al mismo tiempo.

Ahora ya no lo sabré.

—Es un artista —dijo tratando de ser cruel con su despectivo tono de voz.

—¿Debería amarle sólo por eso?

—Mírate, si ni siquiera… tú estás…

Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre mí para que me cubriera. Estaba fuera de sí. Podía notarlo. No sabía cómo acabaría todo. Tenía miedo de que Philip entrara en ese momento y ambos discutieran. Temía lo que Jean pudiera hacerle. Por suerte Philip no bajó.

—Cálmate Jean.

—¡¿Qué me calme?! Yo te amo, maldita sea.

Lo sé, no es una declaración muy romántica que digamos, pero a mí me supo a gloria. Casi tanto como el beso que vino a continuación.

Se arrojó a mis brazos, me estrechó entre los suyos y me besó con tal intensidad, que creía que moriríamos ahogados por la pasión. Su lengua buscaba la mía y yo se la ofrecí sin resistencia. Quería justo aquello. Le quería a él, más de lo que jamás desee a Philip y quería que él lo supiera.

Ahora sé que, si hubiera encontrado la más mínima resistencia, se hubiera marchado de allí acobardado. Al no hacerlo, su pasión fue a más. Liberó algo en él que hasta entonces mantuviera firmemente sujeto. Se arrancó la camisa del cuerpo y tiró la chaqueta a un lado para mirarme. Observó mi cuerpo con deseo. Mis senos lo bastante grandes para sobresalir de su mano, los pezones hundidos y oscuros, el vello rizado de mi entrepierna, mis muslos algo anchos, mi vientre suave que hacía una ligera curva allá donde habían ido a parar los bollos calientes y las pastas. Mis pies, mis manos, mi rostro.

No era una mirada de artista, era la mirada lujuriosa de un hombre, y me sentí deseada por primera vez. Me estremecí.

—Yo también sé manejar un pincel —soltó, antes de dirigirse a la mesa de trabajo de Philip y volver con varios pinceles nuevos en sus manos.

Me hizo tumbar sobre el diván. Abrió mis piernas mientras deslizaba sus labios entre mis muslos, besando cada centímetro de piel y haciendo que se me erizara el vello de la nuca.

—Cierra los ojos —susurró envolviéndome en una atmósfera de misterio y lujuria que yo jamás antes sintiera.

Algo suave y blando acarició la cara interna de mis muslos. Me hacía cosquillas y era sumamente agradable. Lo hizo recorrer mi abdomen y rodear mis senos. Lo acercó a mis labios, más sensibles y sabios que el resto de mi cuerpo. Lo reconocieron. Era uno de los pinceles de brocha gorda que Philip apenas usaba, redondo y de unos cinco centímetros de diámetro, de cerdas blandas.

Sonreí excitada por el descubrimiento y él volvió a deslizarlo entre mis piernas, acariciando con él la entrada de mi vagina, que se encontraba húmeda por la excitante anticipación del acto. Mi espalda se arqueó al sentir aquel breve placer, tan extraño y nuevo para mí. Poco a poco fue apretando hacia mi interior, la cabeza del pincel entró de un solo golpe y pude sentirlo dentro de mí. Acariciándome por dentro. Cada vez más húmedo y caliente.

Al sacarlo, era un amasijo de jugos blanquecinos y cerdas oscurecidas. Se lo llevó a la boca y lo lamió como un helado ante mis ojos, que lo contemplaban con asombro. Sonrió, y mientras usaba un pincel algo más duro para volver a penetrarme, su boca se adueñó de los labios vulvares, succionándolos, lamiéndolos, mordisqueándolos, mientras el pincel, más grueso el mango y dura su cabeza, se agitaba en mi interior causándome escozor y una sensación que recordaba bien.

—Para —le pedí sintiendo llegar el orgasmo. —Así no. Quiero que lo hagas tú, te quiero dentro de mí —le rogué entre susurros, incapaz de alzar la voz.

Recordaba bien las palabras de Philip. Nunca dejes que nadie se adentre ahí si no le deseas. Si no le amas. Oh, pero yo amaba a Jean. Más que a nadie en el mundo. Y le deseaba tanto que dolía.

Lanzó a un lado los pinceles y se desnudó. Su cuerpo tampoco era perfecto, culpa de sus propios bollos, la especialidad de la casa. Era bello a su manera, no me importaba que tuviera unos kilos de más. Me amaba y sabía bien cómo manejar su cuerpo para mí.

Sus labios se centraron en el agujero que quería inspeccionar con su miembro más adelante. Comenzó a succionar, como si quisiera sacar la crema de un mollete relleno. La lengua hacía inesperadas incursiones en mi interior. Mis manos se enredaron en su pelo, empujando su rostro más adentro. Quería tenerle dentro, no podía esperar más, le necesitaba.

Jean se apartó a un lado para situarse entre mis piernas, su miembro estaba hinchado y apuntaba hacia arriba, con la cabeza rojiza e inflamada desprendiendo algunas gotas de líquido preseminal. Entonces los vio. Los croissants que le llevé a Philip. La mitad seguían intactos sobre la bandeja.

—¿Tú le…? —asentí avergonzada, sintiéndome culpable por haberlo hecho.

Al principio pensé que se enfadaría y se marcharía de allí. Luego su rostro cambió y añadió:

—Bien, no creo que los haya tomado así nunca.

Sin entenderle, le vi recoger la bandeja y traerla hasta mí.

Partió la masa de uno de ellos por la mitad. La mermelada roja y espesa brotó como de una herida abierta. Sin darme tiempo a preguntar, plantó el bollo aún templado sobre mi pecho izquierdo. La mermelada se extendió sobre mi piel con una sensación balsámica muy agradable. Luego hizo otro tanto con un segundo, plantándolo esta vez en el seno derecho.

Sonrió. Mis pechos cubiertos debían satisfacerle mucho. Aún quedaba uno. Lo abrió igualmente y esta vez me besó para distraer mi atención de su verdadero cometido. Su mano dirigió el dulce entre mis piernas y lo restregó allí. Podía notar la masa tibia y la mermelada sobre mis labios húmedos a su vez, gelatinosa y pegajosa, derramándose sobre la piel. Pensé que sería una sensación similar a la que sentirían dos mujeres al unirse entre sí y una descarga recorrió mi espalda y sacudió mi pelvis.

—Jean, hazlo ahora, por favor —logré articular mientras sentía que algo en mí iba a estallar.

Jean asintió sin dejar de besarme. Hizo a un lado el blando obstáculo y enfiló su miembro penetrándome muy lentamente, con cuidado, dejando que mi cuerpo se acoplara al suyo.

Nuestros gemidos llenaban el estudio y, sin duda, los vecinos podían oírnos por las ventanas abiertas, que dejaban pasar una fría corriente de aire que nosotros ya no sentíamos. Cuando al fin lo tuve dentro grité. Grité de deseo, porque anhelaba aquel momento desde hacía mucho tiempo, casi sin darme cuenta, y él también. Lo sé porque me sonrió con infinita dulzura, antes de comenzar a entrar y salir de mí rítmicamente. Retiró la masa de mis pechos para ocuparlos con su boca, que degustaba el sabor a fresa y a piel de mujer, entremezclados en su ávido paladar.

No parecía capaz de saciarse.

El orgasmo me sobrevino como una descarga. Mis caderas se impulsaron hacia arriba buscándole y mis brazos se entrelazaron alrededor de su cuello, mientras su boca seguía lamiendo y mordiendo el dulce de mi cuerpo. A penas había dejado de latir mi entrepierna cuando noté su semen llenarme por dentro, caliente y espeso. Su cuerpo se tensó. Creí que jamás recuperaría el aliento, pero lo hizo, justo para sonreírme y besarme con una dulzura que yo no conocía.

Después de aquella noche sólo posé una vez más para Philip, y lo hice junto a Jean, poco después de nuestra boda. Queríamos un retrato que nos recordara aquel momento y, tras aclarar las cosas entre ellos, Jean aceptó dejarle formar parte de nuestras vidas.

Philip, sin embargo, a penas hizo honor a aquel permiso. Yo siempre acudía a sus exposiciones. Aún poseo varios cuadros, en muchos de los cuales soy yo la que posa.

Con ambos muertos, los retratos y la vieja panadería son lo único que me queda de ellos. Pronto nos reuniremos los tres. Ansío que llegue ese momento, soy demasiado vieja para estar sola.

Les extraño.

FIN



El contenido de este relato puede ser reproducido total o parcialmente, siempre y cuando se incluya referencia a la autora. Todos los derechos reservados. Bajo licencia SafeCreative. Primera edición: Julio 2018 Título original: Le peintre et le boulanger © 2018  Patricia Villanueva Polo Fotos de portada: Coyot, Pexels y RitaE (Pixabay) Maquetación y Diseño de portada: Patricia Villanueva Polo Publicado por: Patricia Villanueva Polo

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