El lamento de la dama blanca

El lamento de la dama blanca

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Capítulo I: La dama blanca

El hombre alzó el rostro amoratado hacia su invitada. La mujer parecía flotar sobre los tablones rancios de su diminuta cabaña, envuelta en un vestido largo y blanco y cubierto su rostro por un velo raído que apenas dejaba vislumbrar sus rasgos.

Le había parecido hermosa al verla en el bosque. Una figura etérea perdida en lo profundo de la maleza, con la luz de la luna envolviéndola como un manto de absoluta pureza. Sus largos cabellos oscuros flotando con la suave brisa, al igual que olas marinas en la noche. Bella desvalida y quizá algo extraña. Y, aun así, antes de percatarse de lo que hacía, había acabado recogiéndola y llevándola hasta su cabaña para dejarla tomar asiento junto al fuego.

La dama blanca se detuvo y el leñador deseó poder moverse para cubrir sus oídos. El desgarrador grito que llenó la cabaña debió oírse en todo el bosque hasta llegar a la ciudad, a muchos kilómetros de distancia.

Un quejido hondo, hiriente, que le hizo rechinar los dientes y lagrimear los ojos. Se le clavó en los huesos escalando desde la parte baja de su espalda hasta la nuca, como si al extenderse por su cuerpo, la sangre se congelara en sus venas provocándole un intenso dolor.

El sonido flotó en el aire mucho después de haber sido emitido.

—P…por favor.

La dama hizo saltar astillas de la mesa a la cual se sentaba el leñador. Alrededor de sus huesudas y grisáceas manos la madera se teñía de oscuro, se pudría y el olor se volvía nauseabundo.

El leñador deseaba que el fuego de la chimenea se hubiera extinguido, porque las sombras que danzaban sobre el velo de la señora hacían que su imaginación volara desbordada y nada de lo que viera fuese agradable.

Ella no hablaba. Aun.

Se limitó a fijar su mirada en él, o eso le pareció. Era difícil distinguir algo a través de la tela. Podía olerla. No era desagradable. Olía a algún tipo de flor. Dulce, casi empalagosa. Se sentía atraído por su olfato, aunque el resto de sus sentidos lo impelieran a huir.

De algún modo supo que ella no estaba viva.

Había un sentir invisible en la cabaña, algo que flotaba a su alrededor, se enroscaba en su garganta y lo mantenía inmóvil. No podía apartar la mirada. Ni siquiera girar el rostro, cerrar los párpados o levantar las manos hasta sus ojos. Una estatua hubiera gozado de mayor libertad.

Se dijo que no era la muerte, pero lo era. No portaba guadaña, ni una túnica oscura, ni eran huesos lo que asomaba entre sus raídas telas. Pero llevaba la muerte consigo.

La dama estiró un brazo tomando con delicadeza el borde de su velo. Muy lentamente, como si temiera que fuera a desintegrarse, lo alzó sobre su cabeza desvelando al fin sus verdaderos rasgos.

No había nada hermoso en ella.

Sus ojos eran dos cuencas oscuras y vacías. Secas, pero que aun así guardaban alguna clase de sabiduría en su interior. Lo miraba. De eso estaba seguro.

Mientras sentía como sus tripas se aflojaban y el hedor ascendía hacia su nariz, supo, sin temor a equivocarse, que ella lo veía.

La nariz parecía haberse arrugado y combado sobre sí misma. Una masa cartilaginosa informe que desvirtuaba la simetría de su rostro.

Los labios morados, retraídos. No había dientes ni lengua. Y, cuando abrió la boca para emitir otro largo gemido de dolor, rabia y desesperación, todo lo que el leñador pudo ver fue un pozo negro, hondo, carente de ningún sentido. Ni la garganta descarnada por los gritos ni la campanilla sacudiéndose por el feroz chillido. Nada.

Quiso retroceder, como si esperara ser devorado por sus fauces infinitas y acabar sus días cayendo en una noche sin fin. De nuevo, ella no se lo permitió.

Había sangre goteando de sus oídos y la vista emborronada por lágrimas rosadas. Al desbordarse le permitieron seguir observando, porque ella no se había apartado. Estaba incluso más cerca. Tanto que sus labios casi suplicaban por un beso. Uno mortal que acabara con su sufrimiento y el desvarío de lo que debía ser una mente culpable y enferma que había perdido por completo la razón.

La huesuda mano crujió como el pergamino al cerrar sus fríos y decadentes dedos sobre su cabeza. La presión casi le causó alivio. Ella seguiría apretando hasta que su cráneo cediera y entonces todo habría acabado.

No pasó.

Por el contrario, multitud de imágenes acudieron a su memoria, tan vívidas como si estuvieran pasando en ese preciso instante.

Su esposa, muerta de dolor, gritando desde la cama que compartían cada noche desde que se casaron. Las mejillas enrojecidas por el esfuerzo, la vena latiendo en su frente bajo el húmedo cabello rubio oscurecido por el sudor.

La partera dando instrucciones que él no comprendía, presa de los nervios como se encontraba.

La luz del sol iluminando cada paso del proceso. Le habían hablado tanto de ese momento. Sus familiares, sus amigos, otros leñadores. Como un evento mágico y maravilloso. Tanto que él no se atrevió a moverse por si se perdía algo.

Las diminutas cabecitas asomando entre las piernas abiertas.

El leñador había llorado al verlas.

No porque los amara en ese momento. No porque se hubiera enamorado de su fragilidad, de su suave olor a recién nacido, de lo vulnerables que eran. No.

Lloró porque anhelaba volver a empujarlos allí dentro, en un lugar donde todavía no existían, donde no pudieran cambiar su vida o la de su mujer. Quería introducírselos a golpes en su abultada barriga y olvidar que todo aquello hubiera ocurrido.

Pero los sueños no se cumplen.

Los niños, gemelos, llegaron al mundo entre berridos y exigencias. Tenían hambre, sueño, deseaban ser acunados, limpiados y alimentados de nuevo. Aferrados como pirañas a los pezones agrietados de su esposa. Parásitos en un mundo donde nada se regalaba y todo exigía esfuerzo para ganarlo. Ellos solo debían abrir sus boquitas y llorar para obtener cuanto querían.

La dama blanca le mostró como crecían, como poco a poco iban ocupando cada vez más el reducido espacio de que disponían para vivir.

Demasiado pequeños, demasiado débiles, incapaces de hacer nada por sí solos. Incapaces de sostener un hacha con que cortar leña o trenzar cestos para el mercado. Solo dos bocas más exigiendo alimento y vestido. Dos bocas que apenas podían pronunciar palabra.

Y luego llegó la hambruna, la enfermedad y la aldea menguó hasta quedar cerca de la extinción. Perdió a su familia, sus amigos, a todos cuantos conocía. Pero las bocas gritonas seguían allí. Aferradas a su esposa, demandando el alimento diario, exprimiéndole cada gota de sangre y sudor de su cuerpo.

¿Por qué?

La dama apartó la mano de él y, frente a sus ojos, volvía a estar su demacrado rostro lleno de incongruencias que seguían haciéndole dudar de estar sumergido en un delirio del que no podía escapar.

Resolló entre dientes tratando de recuperar el aliento que ella casi le robaba con su magia. Preparándose para el nuevo grito helado que surgió de su garganta, haciendo que sus tímpanos se encogieran de miedo dentro de sus oídos.

—¡Ay! ¡Ay! Mis hijos —se lamentaba la dama.

Pero los niños no eran suyos. Eran de él y de su esposa.

El leñador no podía entender nada.

—No eran tuyos. Eran míos —murmuró con voz ronca, escupiendo sangre con cada palabra.

Aun tenía algo de orgullo y no dejaría que se lo acusara de algo que no era cierto.

Las llamas de la chimenea estallaron en rugidos y lamieron la piedra a su alrededor. El leñador sintió el calor cada vez más cerca de su cuerpo.

El infierno desatado que venía a buscarle. Estaba muy cerca y lo engulliría si antes la locura no acababa por devastarlo.

Lo único de lo que el leñador estaba seguro, es de que su vida acabaría antes de que amaneciera.

Capítulo II: Migas de pan

Pan rancio y agua del pozo. Eso era todo lo que había sobre la mesa. La escasa leche que había logrado adquirir, estaba siendo racionada por su esposa que la escanciaba poco a poco en la boca de cada uno de los niños. Secas como estaban ya sus mamas.

Miró el pan. Lo imaginó gris, lleno de gusanos agitándose entre los huecos de la resquebrajada corteza. Luego a los niños, tomando la leche de la cucharilla con que su mujer los alimentaba. Rollizos, con las mejillas sonrosadas, los ojos azules y brillantes, la felicidad enmarcada en sus diminutas caritas.

Y de nuevo el pan con gusanos, pero sin ellos.

Como cada día, puso las manos de su primogénito sobre el mango del hacha y como cada día el niño fue incapaz de sostenerla. La dejaba caer sobre sus piernas gordezuelas y se inclinaba para llevarse el extremo de madera a la boca. Cada día, desde hacía una eternidad.

Como cada mañana, puso las fibras vegetales en manos de su hija y como cada mañana, la niña las arrugaba entre sus dedos y las sacudía como si fueran látigos diminutos hasta desperdigarlas por el suelo. Cada mañana, desde hacía una eternidad.

Su esposa lo contemplaba todo en silencio. El cansancio vagando por las arrugas de sus mejillas y sus sienes. El cabello grisáceo desparramado en mechones enredados alrededor de la cara y los hombros. Hacía una eternidad que no dormía. Una eternidad que solo era refugio de sus criaturas, que las alimentaba con sus pezones sangrantes y estriados. Ni una protesta, ni una queja brotaba de sus labios. Pero su mirada lo decía todo y no decía nada.

El leñador pasó fuera la mayor parte de la mañana y la tarde, regresando casi al anochecer, cargado con el fruto de su trabajo.

Dejó el carro a un lado y miró su pequeña cabaña desde fuera. Ni siquiera quería volver a entrar.

Barajó la posibilidad de dar media vuelta y desaparecer, marcharse para siempre. Pero él había construido la casa con sus propias manos. Cada tronco había sido cortado y moldeado por él. Cada pieza, cada muesca, cada marca le pertenecían.

Su esposa lo convirtió en un hogar. Tejió cestos, fabricó la exigua vajilla que utilizaban. Iba cada día al telar de la aldea para dar forma a su colcha, las mantas que usaban en los días más fríos del invierno.

No. No iba a dejar su hogar. Le pertenecía. Y su mujer también.

Solo quedaba algo por hacer.

Los niños no pesaban mucho a pesar de estar bien alimentados. Los introdujo en sendas cestas y condujo el carro con ellos dentro, hasta lo más profundo del bosque.

Nadie osaba adentrarse tanto. Los troncos se volvían retorcidos y oscuros. Las ramas se alargaban como manos descarnadas y el sonido del viento silbaba produciendo extraños sonidos.

Nada de eso lo detuvo.

Mientras dirigía al asno por el camino correcto, se entretenía en desmigar el mendrugo seco que tenía para la cena, imaginando que cada miga que arrojaba al camino era un delicioso guiso, un trozo de venado o un pastel cubierto de azúcar y miel. Seguir el rastro de regreso a casa lo conduciría a un gran festín, uno que su esposa y él merecían por todo su esfuerzo y las penurias vividas.

Al fondo del camino, en una intersección que discurría próxima a un río, la encogida figura de una mujer llamó su atención.

La mujer se estiró cuan larga era, que no era mucho. Iba toda vestida de blanco, como una novia el día de su boda. El largo cabello oscuro enmarcando unos rasgos jóvenes y muy morenos, insólitos en aquellas tierras. Estaba llorando.

El leñador se apeó del carro. Los niños finalmente se habían quedado dormidos y el silencio ahora era absoluto.

La mujer se secó las lágrimas y trató de forzar una sonrisa, incapaz de apartar los ojos de los cestos donde dormitaban los pequeños.

—¿Necesitáis ayuda?

Ella negó con la cabeza y se aproximó al carro. Rozó con una mano suave y de finos rasgos los rostros de los niños y ellos rebulleron en su sueño, apartando las caritas lejos de quien estaba molestando.

—Los niños son un tesoro precioso —murmuró ella.

El leñador, incómodo por sus palabras, trató de apartarla del carro.

No había nadie más en el bosque ni un caballo, carro u otro medio de transporte. Vestía demasiado elegante para estar solo caminando. Quizá alguien hubiera arrastrado a aquella desventurada hasta allí y acabara de abandonarla.

Bien. Si así fuera, él no estaba dispuesto a añadir una boca más a su pesada carga.

—Ese camino os llevará de regreso a la aldea —le indicó volviendo a montar.

—¿Dónde vais con los pequeños?

La pregunta lo sobresaltó, pero logró disimular el miedo a ser descubierto y se alegró de haber preparado una respuesta creíble, a pesar de que no esperaba encontrar a nadie en el camino. Merecía la pena ser precavido en aquellos tiempos.

—Con unos familiares, a pasar el invierno. Mi cabaña no los mantendrá abrigados y yo trabajo fuera todo el día. Necesitan alguien que cuide de ellos.

La mujer asintió. Una sombra cruzando sus pupilas y oscureciéndolas por un momento.

El leñador sintió frío calándole los huesos y tuvo que parpadear varias veces para convencerse de que no había nada raro en la mujer. Aunque por un instante creyó ver…no, su imaginación le jugaba una mala pasada.

Estaba nervioso. Las manos le sudaban y el corazón latía acelerado. Debía proseguir antes de delatarse a sí mismo. No es que la desventurada pudiera hacer nada por detenerle. No quería testigos ni encargarse de un tercer inconveniente.

—Debo proseguir. Quiero estar de regreso antes de la madrugada o mi esposa se inquietará.

La mujer se hizo a un lado, caminó junto al río y el leñador pudo ver como sumergía ambas manos en el agua helada. Como si sostuviera algo bajo la superficie.

Tal vez estuviera loca. No importaba.

Con una sacudida a las riendas prosiguió su camino. A la izquierda, siempre a la izquierda. Eso es lo que había oído. Debía dirigirse a la izquierda.

La cabaña era grande, de dos plantas de altura, un patio amplio y una extraña fachada. Estaba decorada con objetos brillantes, materiales que él hubiera pensado inadecuados para una casa. Telas de colores, formas salpicadas en cada muro y bordeando la edificación y el camino. Parecía algo más propio de un cuento de hadas que de una pesadilla.

Los niños abrieron los ojos y observaron los brillos y los colores con entusiasmo.

El leñador arrastró los cestos hacia la puerta y golpeó tres veces la hoja. Ni una más, ni una menos.

La figura encorvada que salió a recibirlo le puso los pelos de punta. Lo invitó a entrar frotándose las manos al contemplar la preciada carga.

El leñador puso un pie en la casa y, antes de cerrar la puerta con el talón del pie, miró por encima de su hombro. Un destello blanco entre los árboles llamó su atención. Quizá la luna al asomarse entre las nubes había iluminado un árbol o una roca.

Con todo, su corazón no dejó de botar en su pecho. Ni siquiera cuando la puerta se cerró a sus espaldas alejándolo del bosque e introduciéndolo en un hogar agradable y cálido, donde podía oler a carne recién tostada y el azúcar dulce del caramelo.

—Huelo vuestro apetito desde aquí —carcajeó la voz seca del anciano. Una tos y más risas.

Le mostró un banco alto donde dejar los moisés y lo invitó a tomar asiento a la mesa.

—¿Un bocado?

El leñador no había prestado atención a las viandas hasta que una anciana señora le acercó la bandeja, arrastrándola sobre la mesa.

La mujer estaba prácticamente calva, mechones grises sueltos flotaban alrededor de su cráneo como espíritus al acecho. La nariz afilada y ganchuda parecía querer clavársele a uno en la cara y la sonrisa dejaba resbalar saliva en la comisura de sus labios.

El leñador retrocedió y miró entonces hacia la bandeja. El olor le había abierto el apetito. Hacía años que no probaba la carne ni nada más que un mendrugo de pan y alguna patata cocida. La avena también se había terminado.

Asintió agradecido y arrancó lo que parecía un muslo. No reconoció al animal, pero el sabor era delicioso. La carne tan tierna como la mantequilla deshaciéndose en su paladar. La grasa bajando por su garganta y haciendo revivir sus papilas gustativas.

Los dos ancianos sonreían y se miraban entre sí sin hacer ningún comentario. La señora empujaba la bandeja hacia él con más carne. Le sirvió algo similar al vino y un pastel que él degustó agradecido, incapaz de dejar de comer.

Cuando estuvo saciado se limpió la boca y dio las gracias por las atenciones recibidas.

Una alarma interna se activó indicándole que era hora de regresar a casa. Nada más lo retenía allí, excepto cerrar el trato con el anciano.

Una bolsa de cuero fue puesta frente a sus ojos y luego se dejó caer en la palma de su mano, cuando el leñador estiró el brazo para atraparla. Tanteó el peso y echó un rápido vistazo en su interior. Más de lo que había esperado.

—Aunque —dijo el anciano riendo entre dientes mientras acompañaba al leñador hasta la puerta —por el modo en que habéis comido, quizá queráis replantearos vuestro trato. Se ve que la carne os ha gustado.

En ese momento la anciana estalló en carcajadas. Su risa afilada le hacía daño en los oídos y, por el modo en que se sacudía, parecía a punto de desmoronarse en el suelo como un castillo de naipes sacudido por el viento.

El leñador miraba a su alrededor contrariado, sin entender la broma, hasta que la anciana se acercó al horno que había al fondo de la habitación y extrajo una bandeja de su interior.

El asado parecía recién hecho. Al depositarlo sobre la mesa, junto a los restos de la comida que acababa de degustar, el leñador creyó haberse vuelto completamente loco.

Nadie sabía lo que el viejo del bosque hacía con los niños que le vendían. El leñador no preguntó. No le importaba.

El cuerpo churruscado, pero todavía reconocible de un infante de no más de un año, yacía encogido de lado, con las manos alrededor de sus rodillas y una manzana asada atravesada entre sus diminutos dientes de leche. Un párpado estaba abierto y una masa gelatinosa ocupaba la cuenca derramándose como una espesa salsa sobre la mejilla.

El horror invadió cada célula de su cuerpo al darse cuenta de lo que acababa de ingerir.

No pensó en la suerte que iban a correr sus niños ni en el dolor o las atrocidades que pudieran sentir al quedarse con aquellos dos locos. En lo único que podía pensar era que una mano menuda podía estar abriéndose camino entre sus tripas, rasgando sus entrañas y tratando de escapar.

Salió al aire frío de la noche, corrió varios metros hasta alcanzar el carro y, tras inclinarse con dificultad debido a las arcadas que sacudían cada músculo de su anatomía, vació su estómago ruidosamente a un lado del camino.

No se atrevió a mirar lo que tenía a sus pies ni hacia la casa que acababa de abandonar. Notó el peso del oro entre sus dedos y eso era suficiente para hacerlo reaccionar.

Montó sobre el esmirriado asno que arrastraba el carro y lo condujo a toda prisa de regreso al bosque, la intersección y luego a casa. Su destino final y el lugar donde pondría fin a la pesadilla.

Capítulo III: Nunca te fíes de los extraños

El leñador la había dejado entrar en su casa. Su hogar, su refugio, el lugar donde se sentía seguro y a salvo. Todo era culpa suya.

La llorona lo liberó de sus ataduras psíquicas y cayó al suelo derrotado por la tensión y el miedo.

El llanto y sus lastimeros quejidos hicieron que se encogiera sobre sí mismo y cubriera las orejas con sus manos temblorosas. No sabía por qué lo había soltado. Tal vez para que pudiera contemplar el cuerpo inerte de su esposa una vez más antes de reunirse con ella.

El cuerpo yacía boca arriba mostrando una expresión de puro terror, un grito sordo escapando de su garganta a través de sus labios. Las pupilas dilatadas fijas en algún punto del techo. La rigidez visible en el modo en que sus dedos parecían garras sobre su pecho.

La llorona le había arrebatado la vida, pero él la había matado.

Él, que no se dio cuenta de que aquella desvalida y menuda mujer no era tal. Él, que con la leve sensación de culpa flotando aún en su pecho, no pudo dejar a la extraña criatura vagando sola en el bosque en mitad de la noche. Él, que no había sido capaz de apiadarse de sus pequeños e indefensos hijos, solos bajo la maldad de aquella casa que, tan bien como olía al entrar, casi parecía comestible. Él, que había cambiado lo más valioso de su vida por unas pocas monedas y la paz que daba verse de nuevo sin cargas o responsabilidades.

Sí. Él había sido el causante de la muerte de su esposa.

Sonrió y suspiró aliviado. Al menos, no tardaría en reunirse con ella.

La llorona se inclinó sobre él, sus gemidos cada vez más intensos, más desgarradores.

—¡Ay!¡Ay! Mis hijos.

Lo repetía una y otra vez, una y otra vez sin descanso.

Cerniéndose sobre él alargó las manos para agarrarlo por los hombros.

Le devoraría el alma como había hecho con su esposa.

El instinto de supervivencia lo sacudió obligándolo a protegerse de su contacto. Sus dedos empujándola a un lado, sus ojos desviándose hacia otro. La puerta, una salida. Podría huir. El dinero seguía colgando de su cinturón. El asno atado al carro y el hacha, su herramienta de trabajo sujeta en su interior.

Si corría lo bastante rápido y, nada hacía suponer que la dama llorona fuera tan ágil como él, llegaría hasta el carro y se alejaría al trote en dirección a la aldea. Buscaría un nuevo hogar, otro trabajo, se alejaría de allí tanto como pudiera y acabaría olvidándolo todo.

Espoleado por un nuevo propósito, una luz al final del túnel, una oportunidad para sobrevivir, el leñador aferró a la llorona por el cabello y tiró de ella hacia un lado para hacerla tropezar.

El grito de la dama se incrementó haciendo que se retorciera de dolor. Nublada su vista por un velo rojizo que apenas lo dejaba ver nada, convulsionó mientras notaba los cabellos cortándole la carne hasta llegar al hueso, incapaz de desenmarañarlos y librarse de su amarre.

Ella lo tomó por el cuello y lo acercó hasta pegar su nariz deforme a la de él. Su aliento le provocó mareos y a punto estuvo de perder la conciencia, pero resistió. La esperanza era un acicate muy poderoso.

Volvió a perderse en sus cuencas vacías que tanto mostraban.

Un hombre blanco en tierra extranjera tomando por esposa a una menuda mujer de piel oscura. La felicidad de su pequeño rostro mientras acariciaba su abultado abdomen y cantaba nanas en una lengua que él no podía identificar. Los chiquillos corriendo alrededor del hombre, jugando felices, sonriendo mientras él los vigilaba orgulloso. El hombre arrasando a los que son como ella, su tribu, su pueblo, su familia, rascando la tierra en busca de oro. La mujer huyendo con los niños. Alcanzando el rio. El odio brotando de cada fibra de su ser. Las manos fuertes y menudas sujetando las frágiles nucas por debajo del agua. Los diminutos cuerpos sacudiéndose a su lado hasta que, por fin, todo queda quieto y en silencio.

Y luego vino el llanto. La luz, el entendimiento, el horror por lo que había hecho, la culpa, la desesperación.

La vio arrojarse al rio junto a sus niños. Su cuerpo desapareciendo en las agitadas aguas mientras su espíritu torturado arañaba la piel de sus mejillas, se sacaba los ojos y hendía el aire con sus sollozos. Su letanía ininterrumpida con que vagaba bajo la luna llena, recordando, horrorizándose. Sabedora de que no había modo de echar marcha atrás. De reparar el error, de liberarse de la maldad que la había cegado.

Justamente igual que él.

O tal vez no. Si lograba salir de la casa, si alcanzaba el carro, soltaba al asno y lo montaba a la carrera. Acababan de sacar una pieza del horno cuando él se marchó sosteniéndose las tripas. Si era lo bastante rápido podría devolver el oro, tomar lo poco que quedaba de su familia y huir de allí. Poner a salvo a sus pequeños.

La llorona gimió. El chirrido clavándosele hasta la médula de los huesos.

Lo dejó caer y señaló la lumbre cuyas llamas se convulsionaban alrededor de un bulto que le era imposible vislumbrar. Ella seguía señalando, quería que mirara. Él ya sabía lo que encontraría si lo hacía y se negaba a hacerlo, pero ella no iba a permitirle echarse atrás.

Su tortura no había concluido aun.

Lloriqueando, incapaz de contener la frialdad que le atenazaba las entrañas y tiraba de él para que huyera, la voz de su padre le llegó desde el fondo de sus más preciados recuerdos.

“Nunca te fíes de los extraños”.

Su padre lo repetía cada vez que lo mandaba a hacer las entregas de sus encargos. El herrero que tuvo un hijo leñador. Nunca debía fiarse de los extraños. Iba derecho a casa del cliente y regresaba corriendo junto a su padre, no se detenía a hablar con nadie ni a admirar los puestos llenos de abalorios y dulces. Nunca lo hacía. Nunca, hasta que se cruzó con la muchacha que se convertiría en su esposa.

“Nunca te fíes de los extraños”.

Ella solo le causó problemas. Se alejó de su familia trasladándose a otra aldea donde necesitaban leñadores. Lo atraía a su cama cada noche hasta quedar embarazada. Trajo al mundo dos criaturas hambrientas. Ella. Ella fue su primer error.

El segundo, dejar entrar en su hogar a la dama blanca. La llorona. Su peor pesadilla.

Y ahora estaba obligándolo a contemplar el fuego.

Rogó, pero no sirvió de nada. Sentía la garra en su nuca forzándolo a volver el rostro hacia las llamas. Sus párpados rasgándose para liberar los ojos y hacerlo mirar.

La chimenea no era tal. Era un horno, un horno enorme en el que dos cuerpos menudos se retorcían con sendas manzanas atadas a sus boquitas, asándose con lentitud.

—Basta. Basta por favor.

Pero la llorona no tenía compasión.

El leñador alargó las manos tratando de sostener a sus hijos, sacarlos del horno y estrecharlos entre sus brazos. Deseaba acurrucarse en la cama con ellos protegidos sobre su enorme pecho calentado sus cuerpecitos helados. Jugando y oyendo sus risas bajo el sol de la mañana.

La llorona lanzó su quejumbroso lamento una última vez. El cuerpo del leñador yacía sumergido de cintura para arriba en la chimenea de la cabaña, quemándose entre espasmos. Lo observó un minuto más antes de dar media vuelta y salir de regreso a la noche siguiendo el ruido del riachuelo, buscando el alma de sus hijos perdidos.

Sin saber que las almas inocentes abandonaban el mundo y que ella no tenía la más mínima posibilidad de encontrarlos. Jamás se reunirían de nuevo. Jamás podría obtener su perdón. Jamás descansaría en paz.

Y durante los siglos venideros, la historia de la llorona se extendería por el mundo. Sus raíces estaban en México, pero las almas no entienden de fronteras y siempre vagan buscando consuelo, arrastrándose a través del mundo de los vivos.

Y a veces, solo en contadas ocasiones, se detienen al reconocer a sus iguales y liberar el espíritu de sus cuerpos, para que vaguen también sumidos en la culpa y el horror de sus actos.

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