Cartas de mí

cartas de mí

Sinopsis: Cuando los universos les mantienen separados, el alma hace cualquier cosa para mantenerse firme.

Carta Primera – Octubre 1999

Él se ha marchado. Involuntariamente ha tenido que regresar a su mundo, oscuro, terrible y apartarla de todo mal que pueda sufrir.

Se ha quedado sola.

Querido amigo:

Hoy no la has visto llorar, enjugar sus lágrimas con el borde de la manga antes de girarse hacia mí y fingir que nada pasaba. No has visto su sonrisa resplandecer con el sol de la tarde, su rostro lleno de harina de un bizcocho inacabado, sus ojos enrojecidos y brillantes.

Ella sigue adelante, tal y como tú le pediste en tú última carta. Una nota amarga que ella conserva como un tesoro y que, como he podido comprobar, lleva las marcas de su tristeza grabadas en los miles de dobleces y desdobleces que hace de ella al día. Está ajada y amarillenta en el poco tiempo que ha transcurrido desde tu ausencia. ¡Fíjate si te echa de menos!

En ocasiones me parece escuchar su corazón partiéndose en mil pedazos, o luchando furioso por no ahogarse en la pena que la envuelve. Pero es sólo una sensación.

Para los demás, aquellos que ignoran lo que es de su vida, lo que sucedió en su pasado, para ellos no hay diferencia. Sigue siendo la misma joven risueña y amable, la amiga leal y la compañera fiel que conocían. No pueden ver las marcas oscuras de sus ojos, aquellas que ella cubre con maquillaje ocultando así una parte más de su vida, como siempre, por siempre. No pueden ver lo infeliz que es. Es una maestra del disfraz y el disimulo, logra engañarlos a todos y se envuelve en un halo de normalidad y felicidad que yo sé bien que no siente. A mí no puede engañarme, a ti tampoco podría si estuvieras.

Me ha regañado, con el ceño fruncido, la boca haciendo un mohín de falso disgusto. Se queja de que paso demasiado tiempo con ella, me acusa de vigilarla, de espiarla continuamente como si fuera una niña. Se defiende diciendo que ha pasado por cosas peores, que no es la primera vez que te pierde, que está acostumbrada y que sabe, en el fondo de su corazón, que algún día el cielo os otorgará la gracia de estar juntos.

Me empuja hacia la puerta tratando de hacer que me marche, me abrocha la chaqueta y ajusta la bufanda a mi cuello para que no pase frío, han anunciado nieves. No me resisto, de nada me serviría. Pero antes de marcharme me ha abrazado y ha besado mi mejilla, así he podido sentir que le hago falta. Que todas sus palabras son sólo frases aprendidas que usa para paliar su dolor. Que está más sola que nunca.

Sé bien que se aferra a mí porque no hay nadie más, nadie que sepa y comprenda por lo que está pasando, nadie que haya compartido al hombre que ama, a ti. Y yo juré una vez, por mi vida, que cuidaría de ella si tú no estabas, y así lo haré, nada podría apartarme de mi promesa. ¿Cómo podría?

Hace un rato que cayó la noche. Una brisa fresca se cuela por la ventana entre abierta. Huele a tormenta y algunos relámpagos están apareciendo en el cielo, lo iluminan con su fulgor azulado y electrizante. Aparta la mirada y la dirige hacia allí, las tormentas son para ella presagios de futuro, de oportunidad, de esperanza. Por un momento sus dedos quedan en suspenso sobre el teclado, aspira con fuerza y la noche le trae recuerdos de tu aroma. En cada rayo ve el brillo de tus ojos, azules, siempre tan azules. A menudo me recuerda que son fríos y distantes, pero nunca con ella. Con ella, ese hielo añil se derretía y caldeaba su alma.

Fugaces imágenes de vuestra última noche juntos deslumbran su mente. Retazos de piel desnuda, pedazos de caricias, pero siempre tus ojos sobre ella, fijos e inmutables, amándola.

Una lágrima resbala por su mejilla, la deja ir, susurra unas palabras que van dirigidas a ti y no me deja oír. Procuro calmarla con lo poco que tengo ahora, a penas si me ha dejado sitio esta vez, pero sabe como yo que, si no me deja ayudarla, nada la sacará de ese pozo oscuro que la amenaza. Y te lo prometió, te prometió seguir adelante y procurar ser feliz, lo prometió, aunque esa promesa duela y le arañe el corazón.

Retiro con un dedo la huella de humedad que queda en su mejilla. Respira hondo. Sus manos vuelven al teclado y me dejan hacer, me dejan escribirte sobre ella, sobre lo que siente, sobre lo que no es capaz de expresar. Sabe que si no toma esta medida probablemente se vuelva loca.

Yo soy la fortaleza en la que puede replegarse cuando todo se oscurece. Soy la que da rienda suelta a sus sentimientos cuando nadie la ve. Soy la que, como ella, te añora sin pertenecerme. Soy ella, la parte serena y razonable de su ser. Soy la que no niega nada, porque no es capaz de negar. Soy yo la que escribe liberando su alma. Sólo yo y ella a la vez.



Carta Vigésimo quinta – Enero 2005

Ella sigue recordando los momentos vividos junto a él. Lucharon juntos pero ahora él lucha solo y ella debe esperar un milagro que se lo devuelva. En el pasado nunca sucedió.

Querido amigo:

Han pasado varios años desde mi última carta. Te he fallado. No he logrado que cumpla del todo su promesa. No hemos sido capaces de rehacer su vida. No es capaz de amar a nadie más que a ti.

Lo intentamos, pero su corazón lloraba por el esfuerzo. Su ser se desgajaba tratando de hacer hueco a un intruso que no la llenaba como tú lo haces. Me sentí incapaz de obligarla a ir más allá.

Ahora ambas te esperamos. Sé que es inútil, pero ella necesita creer que le queda una mínima esperanza de recuperarte. No le importa dejar este mundo si eso la lleva a ti. Ni siquiera sabemos si sigues con vida, si estarás herido, si serás feliz.

Ella sonríe.

Hay algo que sabe con toda seguridad, lo sabe porque yo lo sé y yo lo sé porque lo siento. Cada fibra de su ser puede notarlo, no hay lugar a dudas, aún la amas. Eso no puede cambiar. Es una maldición que el destino ha impuesto para los dos, siempre anhelándoos, malditos por no poder estar juntos. Incapaces de amar a nadie más que al otro.

¿Cuántas vidas han pasado así? ¿Cuántas persiguiéndoos el uno al otro, tratando de estar juntos? Ni ella ni yo las recordamos.

Pero esta vez, por un instante en el fino tapiz que entreteje el tiempo, vuestros hilos se han unido. Empieza a temer que hayan de pasar nuevas vidas para lograr que se repita el milagro. Yo le digo que aún quedan esperanzas. Sigue siendo joven y vivirá muchos años si logramos que su llama no se apague.

En ocasiones quisiera gritar pidiendo tu ayuda. A veces te odio por no estar con ella, desearía dar rienda suelta al dolor, pero no soy quien debe hacerlo. No, porque yo estoy aquí para cuidar de ella y ella es la única que puede desmoronarse. Ya lo ves, siempre cumpliendo lo prometido. Te extraña.



Carta centésimo décimo tercera – Noviembre 2010

Su vida es un mar en calma y lleno de recuerdos. Le añora pero no ha perdido la esperanza. Esta debe ser la vida que esperaban, aquella en la que el destino les permita estar juntos. Para siempre.

Querido amigo:

Cinco días llueven lágrimas sobre la tierra. Cinco días de cielos grises y brisas frescas que revuelven su cabello y la hacen sonreír llenándola de esperanza. La tormenta siempre alegra su corazón. La acerca más a ti y eso la hace feliz.

Hoy ha caminado por aquel viejo sendero del parque, sus pies haciendo crepitar la tierra húmeda bajo ella, sus dedos acariciando el borde de los altos arbustos que protegen como muros los rosales que ya han florecido. El agua la empapaba, pero no había nadie alrededor para verlo. Parecía brillar con luz propia, dejándose acariciar por las gotas de lluvia y el olor de los jazmines.

Una figura oscura se ha recortado bajo el cielo gris, frente a ella, inmóvil.

Su corazón ha dado un vuelco en el pecho y un sexto sentido se ha despertado en lo más hondo de su ser. Me ha dejado al margen. Ha sentido como los relámpagos susurraban palabras a su oído. Se ha dejado llevar mecida por el viento hasta la figura. Una nube se ha apartado para iluminar su rostro.

Era un hombre, un hombre de ojos azules y llenos de tristeza. Su corazón ha dejado de latir, la lluvia los empapaba a ambos, no parecía importarles. Se ha lanzado en sus brazos, le ha estrechado contra su pecho, ha besado sus labios y se ha apartado para mirarle mejor. Tenía miedo de que no fuera el que esperaba, pero la tristeza había desaparecido de sus ojos y sólo quedaba un profundo y certero amor. Un amor de siglos que ella ha reconocido en seguida porque era el mismo que llenaba los suyos. Se han vuelto a abrazar, se han amado bajo la lluvia, el viento ha aislado un pedazo de mundo para su reencuentro.

Ahora yacen sobre la cama, abrazados el uno al otro. No se han dicho palabra alguna desde entonces, no era necesario, sólo necesitaban sentirse.

Al fin están juntos. La maldición de siglos se ha roto y no volverán a separarse. Ella ya no me necesita.

He cumplido al fin mi promesa, la he protegido y la he ayudado a llegar hasta ti. Es hora de marcharme, al fin para siempre, fundirme con ella y volver a ser un solo ser, como lo sois vosotros. Pero antes necesitaba escribirte esta última carta. Necesitaba que supieras que lo sé, que me marcho feliz de veros juntos. Después de años de palabras, palabras que sé que algún día leerás, a escondidas quizá, para no recordarle tan negros tiempos, al fin puedo escribirte la que quería.

Adiós.

FIN

El contenido de este relato puede ser reproducido total o parcialmente, siempre y cuando se incluya referencia a la autora. Todos los derechos reservados. Bajo licencia SafeCreative. Primera edición: 2008 – Reeditado para publicación Julio 2018 Título original: Cartas de mí © 2018 Patricia Villanueva Polo Fotos de portada: Free-Photos (Pixabay) Maquetación y Diseño de portada: Patricia Villanueva Polo Publicado por: Patricia Villanueva Polo

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