El Retrato

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Sinópsis: Genevieve acaba de ser atacada en su propia casa. Por suerte un hombre interviene y logra librarla de su agresor, aunque ahora la policía es incapaz de encontrarlo, pues no ha dejado huellas ni rastro alguno de su presencia.Al volver del hospital el sonido de un viejo retrato cayendo al suelo la alerta, rebelando la presencia de su salvador. Un hombre cuyo rostro es sospechosamente familiar. Lleva años fantaseando con él, pero no puede ser real, pues insiste en provenir del interior del retrato, haber nacido en el siglo XVII y ser presa de una maldición que le obliga a cumplir con todos los deseos de su dueña.¿Es un sueño o acaso una treta para sumergirla en sus oscuros juegos? ¿Qué hizo para estar maldito? La atracción se vuelve cada vez más poderosa y Gene no puede evitar desearle. Y, en el mundo de El Retrato, los deseos son un arma muy peligrosa.

Prólogo

Brandsbury, 1714

  

La celda estaba envuelta por una densa y fría humedad que hacía que los pulmones le dolieran cada vez que inspiraba una bocanada de aire.

Parpadeó varias veces tratando de acostumbrar sus ojos a la negrura reinante, buscando atisbos de sombras que le recordaran figuras conocidas. No le gustaba la oscuridad. La aborrecía desde niño, pero se había acostumbrado a ignorarla siempre que pudiera reconocer su entorno.

El camastro de madera hacía que tuviera rígida la espalda. Trató de ponerse de lado para aliviar la tensión de los doloridos músculos, pero no halló el descanso que necesitaba.

En algún rincón, no lejos de donde se encontraba, oía el incesante goteo que repiqueteaba sobre una superficie de metal. Tal vez la escudilla con la que tropezó al ser arrojado en el pequeño habitáculo y sobre la que, de vez en cuando, dejaban caer algún mendrugo rancio. Podía haberse enderezado y empujado el plato a un lado para detener el molesto sonido, pero no se sintió con fuerzas para moverse. Quería quedarse allí y tratar de borrar los recuerdos que lo atormentaban cada vez que caía inconsciente, presa del sueño.

Las llamas. El fuego imparable que se abalanzaba sobre los cuerpos indefensos, envolviéndolos como una segunda piel. Negra, arrugada y crujiente. Aún podía oler a carne y pelo quemados. Pensó que aquel olor no iba a abandonarlo nunca. Igual que los gritos de angustia que perforaron sus tímpanos mientras veía los cuerpos quemándose, dando sacudidas entre las lenguas amarillas y rojas, como en un macabro baile que parecía que nunca iba a terminar.

Se le inundaron los ojos de lágrimas y usó sus heladas manos para abrazarse a sí mismo y darse un poco de consuelo.

Algo sonó bajo el camastro. Patitas pequeñas que empujaban la arena del piso y arañaban la roca bajo ella. Estaba plagado de ratas. Tal vez, pensó por un momento, si se dejaba caer al suelo acabarían por devorarlo y pondría así fin a la pesadilla que era su vida. Tal vez…

Regodeándose en aquel pensamiento, fue testigo de cómo un leve halo de claridad empezaba a colarse por el diminuto ojo que se abría sobre su cabeza. Un hueco enrejado a suficiente altura como para impedirle contacto con el mundo exterior.

Con una honda inhalación volvió a sentir cómo el aire de la madrugada se volvía hielo en su interior. Sacudió la cabeza y enderezó el cuerpo hasta quedar sentado con los pies firmemente apoyados en el suelo. De una patada lanzó el plato contra la puerta de la celda, las ratas huyeron en desbandada y el sonido que le taladraba los oídos cambió a un golpeteo sordo contra el suelo mojado.

¿Qué hacía allí? ¿Por qué seguía vivo? ¿Qué pretendían hacer con él? ¿Lo echaría alguien de menos si no volvía a salir de su celda?

Bueno, para la última pregunta sabía la respuesta. No. Nadie iba a echarlo de menos cuando desapareciera. Todos estaban muertos, y los pocos que seguían con vida y que alguna vez tuvieron la desgracia de conocerlo lo olvidarían pronto.

Wallander. Él se opuso a su partida. Se esforzó por convencerlo de que siguiera con ellos, pero la venganza era un plato demasiado dulce para dejarlo escapar. De igual modo, tarde o temprano, él también acabaría por olvidarlo.

El suelo tembló ligeramente. Los cascos de los caballos resonaron sobre su cabeza cada vez más cerca.

El amo volvía a su castillo.

Un coro de voces se aglutinó en la entrada, a pocos metros delante de donde él se encontraba y lo bastante lejos para ser incapaz de distinguir algo con sentido entre tanta palabrería. El trote cesó, la tierra se calmó y las voces se extinguieron.

Podía imaginar el modo en que descendía de la carroza. La ristra de sirvientes en fila, frente a la puerta principal, dispuestos a recibir a su señor. El lacayo desplegaría el escalón con premura y un pie calzado de oscuro, con una cinta de raso a juego con las medias, descendería sobre él y acabaría encaminándose en dirección al interior de la casa.

Su carcelero, su verdugo.

Avanzando paso a paso por los pasillos alfombrados hasta llegar a la escalera que daba acceso al pasadizo subterráneo, al final del cual se encontraba él ahora mismo encogido, los pies sobre el camastro, con las rodillas apretadas contra su pecho, los brazos cruzados para calentarse un poco y los ojos cerrados, húmedos y enrojecidos.

Pasó la manga de la sucia camisa por la cara secándose las mejillas. Tomó aire una vez más para serenar el impulso de su corazón en el pecho y se puso en pie. No lo encontrarían derrotado. Aún le quedaba algo de dignidad y orgullo.

La puerta de la celda chirrió al abrirse, hiriéndole los oídos. Guiñó los ojos hasta que solo fueron rendijas para protegerse de la luz exterior. Manos más fuertes que las suyas lo agarraron de los brazos y los hombros y lo obligaron a caminar fuera de su prisión.

Tiraban de él tan rápido por los pasillos que se limitaba a arrastrar los pies casi sin fuerzas.

Llevaba días alimentándose solo de pan y agua. Había perdido la cuenta de las veces que el sol iluminó la celda mientras estuvo preso.

Lo situaron en medio de un salón frío e impersonal. Allí no había alfombras cubriendo los suelos de piedra clara del color de la arena ni cuadros que sellaran los muros que se levantaban a su alrededor. Tan solo un negro crespón hondeando tras un macizo sillón de hierro y madera sobre el cual estaba su captor.

Alzó la mirada con serenidad, y una única pregunta brillaba en sus ojos oscuros.

¿Por qué?

Hubo palabras, gritos más bien. No entendió nada. Era como estar en un sueño del que no podía despertar y al que se veía arrastrado sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Nadie habló con él. Ni siquiera le dirigieron una sola mirada. Todo estaba dicho. Todo decidido.

Quiso gritar. Obligarlos a prestarle atención. Obtener respuestas. Demandarles alguna clase de disculpa.

En lugar de ello, se quedó quieto en mitad de la sala, esperando, tratando de mantenerse erguido. Forzando a sus rodillas a permanecer firmes y no dejarlo caer al suelo.

Sonó un cántico extraño. No comprendía las palabras. La voz de su captor, grave y profunda, resonando una y otra vez en pausada cadencia, acompañada por dos voces femeninas en las que no distinguió ni pizca de dulzura.

Lo giraron de cara a un objeto que hasta ese momento permaneció oculto bajo una gruesa tela negra.

Al descubrirlo, arrojando la tela al suelo, su corazón se detuvo y el aliento se le congeló en los labios. Lo miró horrorizado mientras era conducido hasta él. Sacudió el cuerpo con todas sus fuerzas, que no eran muchas, debatiéndose por huir de su destino.

El cántico cesó de repente.

Su grito hendió el aire. Luego, desapareció.

Capítulo I

Arrastró su cuerpo unos centímetros más, dándose impulso con los pies y con las manos mientras la frialdad del mármol veteado se le clavaba en el estómago a través del algodón de la camiseta.

Miró hacia delante. La separaban unos dos metros de la puerta de la biblioteca. Ahí estaría a salvo. Si lograba encerrarse en su interior antes de que la alcanzara, podría usar el teléfono inalámbrico que estaba cargándose en su base.

Escuchó los jadeos y maldiciones del hombre a su espalda. Un par de pasos pesados y vacilantes aproximándose a ella. Más jadeos. Otro paso.

Volvió a hacer fuerza con los pies, pero las rodillas le temblaban tanto que no logró levantarse y continuó reptando por el suelo, resollando como un caballo tras una larga carrera, con los ojos emborronados por las lágrimas y un fuerte dolor en la parte superior de la espalda, justo donde sintió el primer golpe.

La garra se ciñó alrededor de su tobillo izquierdo, sudorosa, caliente y tan firme como un cepo. Tiró de su cuerpo hacia atrás, alejándola de su destino y provocando un irritante sonido al rozar sus palmas desnudas contra el suelo.

Trató de patear con el pie derecho, pero solo encontró aire tras ella. Giró hasta tenderse de espaldas, buscando una oportunidad para herirlo o liberarse, agitando los brazos, las piernas y cada músculo de su cuerpo para lograr su propósito.

El peso del hombre cayó a plomo sobre su abdomen, vaciando sus pulmones como si fueran un fuelle. La vista se tornó borrosa por un momento debido a la falta de aire en su cerebro y por su mente cruzó una imagen de pocas horas antes, una decisión que podía haberla mantenido a salvo de haber sabido lo peligroso que era volver al hogar.

***

Al girar la llave, el zumbido del motor se apagó y el rítmico rapeo de Jay Z y su versión de la mítica Forever Young se silenció, siendo sustituida por el sonido del viento entre los árboles.

El asiento del SUV XC90 estaba caliente. Se quedó allí un rato, viendo las motas de polvo flotar sobre los rayos de sol, sin decidirse a bajar del coche. No es que tuviera miedo de entrar. Nada en aquella casa podía lastimarla, excepto sus recuerdos.

Más bien, pensó Genevieve, se imaginaba la casa como una de esas cámaras selladas en las que nunca entraba el aire, preservando lo que había en su interior de las inclemencias y el paso del tiempo. Si se apeaba del coche y abría la puerta, todo lo que una vez guardaron esas cuatro paredes podría desvanecerse como una pastilla efervescente en el agua.

Hizo tamborilear los dedos sobre el volante y miró el reloj una vez más. Las siete de la tarde. Llevaba más de media hora allí sentada.

Desde su posición averiguó que al jardín le hacía falta un buen afeitado. Algunas tejas en la parte superior del edificio parecían flojas y el porche delantero estaba necesitado de una buena mano de pintura. Ahora era más gris que blanco.

Podía seguir allí hasta que oscureciera, pero eso no cambiaría nada. Tarde o temprano tendría que entrar y enfrentarse a los hechos, por mucho que estos dolieran.

La recordó seis meses atrás. De noche, iluminada por las luces de navidad que su tía encendía por toda la vivienda. También se había quedado allí fuera, sobre el suelo helado, con la maleta en la mano tras despedir al taxista, disfrutando del parpadeo de colores a través de las ventanas, encogida en su abrigo de lana y escondiendo la nariz bajo la bufanda que le regaló las navidades anteriores.

En esa ocasión sonreía y tarareaba una alegre cancioncilla navideña, Jingle Bells o algo similar. No lo recordaba. Ahora solo podía reprimir las lágrimas y dejar que el estribillo de Forever Young la volviera aún más melancólica.

Golpeó la alfombrilla del Volvo con el pie, arrancó las llaves del contacto y salió del vehículo. Basta de lamentaciones. Hizo crujir la arena bajo sus zapatos de tacón mientras sacaba las bolsas del maletero y se dirigía hacia la entrada principal.

Pasó sobre el escalón en el que había dejado marcada la palma de su mano cuando era una niña. La mesa y la mecedora en la que su tía solía sentarse a beber limonada estaban a su izquierda. La puerta la estaba esperando al frente, como un muro de contención a todo lo que acababa de perder.

Introdujo la llave y se abrió paso en silencio, muestra de que los goznes estaban bien engrasados.

Los olores que la recibieron la hicieron sonreír. Masa de galleta, flores silvestres y el perfume de su tía flotaban en el aire. Si existía un aroma para identificar el hogar, sin duda debía ser similar a este.

Claire había pasado a limpiar hacía poco. Lo supo porque el recibidor estaba plagado de flores frescas y no se apreciaba ningún pétalo a los pies de los jarrones o en el suelo, ni polvo sobre la barandilla de la escalera.

El reloj de pared la devolvió a la realidad. Las agujas no marcaban la hora correcta y el péndulo estaba inmóvil en su caja de pino. Igual que Margerite, pensó sin poder evitar hacer la comparación.

Soltó las maletas en el suelo. Dio cuerda al reloj, movió las manecillas al lugar correcto y empujó el péndulo hacia un lado para que comenzara a balancearse. El tic tac no se hizo de rogar.

Ojalá todo tuviera tan fácil solución.

Subió la escalera hasta su dormitorio para dejar las bolsas que habían viajado con ella desde Madrid. La saludó el poster de Dirty Dancing pegado a la pared, entre la cama y el armario, sobre la mesilla.

Su móvil sonó. Otra vez él. Lo dejó en la cómoda junto a la puerta y volvió a bajar.

La última vez que habían hablado por teléfono fue para informarle de la muerte de su tía. Mientras el hombre le relataba los hechos a través del auricular, sostenía en la otra mano el billete de avión que acababa de adquirir para ir a verla al hospital. Tarde, demasiado tarde.

No lloró entonces. Informó a Sara y a Celaya, comprobó que llevara todo lo necesario en su bolsa de viaje para el día siguiente y se sentó a ver viejas películas en el televisor. Ya nada podía hacerse, excepto asistir al funeral.

Había algo en la expresión de Vivien Leigh recortada sobre el cielo rojo del atardecer de Tara que hizo que se desmoronara. No recordaba cuánto rato había pasado llorando, solo que cuando se serenó, Rhett llevaba a su hija Bonnie en brazos tras haberse caído del poni.

Pero estaba bien. Iba a estar a bien.

O al menos eso se repitió en el avión camino a Londres, donde su tía quería ser enterrada; y al día siguiente cuando tuvo que regresar a Madrid por cuestiones de trabajo; y toda la semana siguiente mientras planeaba volver a tierras inglesas para ocuparse de Dark Garden; y ahora mientras recorría una a una las estancias que tan bien conocía y recordaba su pasado.

Se vio a sí misma con diez años corriendo por los pasillos de la planta superior, escondiéndose en los dormitorios vacíos, jugando al escondite. Con doce, cuando se torció el tobillo en la escalera jugando con unos tacones viejos que su tía ya no utilizaba. Con quince, deslizándose barandilla abajo con sus vaqueros llenos de agujeros. A los dieciséis, acurrucada en el viejo butacón de la biblioteca, frente al escritorio, preparando los exámenes finales.

Y en la cocina. Bueno, allí es donde más les gustaba estar a ella y a su tía. Cocinando. Siempre que se sentía mal por algo o estaba nerviosa, su tía la llevaba allí, cocinaban, hablaban y arreglaban cualquier problema y, si este no tenía solución, simplemente lo dejaban ir con viento fresco. Y galletas, toneladas de galletas.

Los documentos que tanto temía estaban organizados en pequeños montones sobre la mesa del comedor. Una única pluma, plateada, brillando con malicia sobre el papel la saludó al asomarse. La ignoró, acabó su recorrido por la planta baja y luego subió para ponerse cómoda y organizar sus ideas mientras tomaba un largo baño de agua caliente y volvía a llorar.

Esa casa nunca había estado tan silenciosa.

Tampoco se había sentido insegura en ella, al menos hasta ahora.

***

—Así que la madriguera tenía un conejito escondido. —La voz del hombre la despejó de golpe y la trajo de vuelta a la realidad.

De algún modo se las había apañado para esquivar todos y cada uno de sus golpes y ponerla de nuevo sobre su estómago. Le juntó las manos a la espalda y estaba tratando de anudarlas con algo que le provocaba quemaduras al rozarse con su piel.

—Quítate de encima, maldito bastardo. —Genevieve seguía forcejeando.

Cuando escuchó ruidos desde su habitación, lo primero que hizo fue maldecir al ver la batería de su móvil descargada. El aparto estaba sobre la mesita de noche, al lado de la cama. Debía haber recibido llamadas suficientes para acabar con su autonomía, convirtiéndolo en un trasto estéril y sin vida.

No se amedrentó. Desenroscó una de las barras del cabecero de su cama, la que tantas otras veces sirvió a sus juegos infantiles en el pasado, y se deslizó con sigilo, descalza, hasta la planta baja.

Reinaba la oscuridad, a excepción del rayo de luz arrojado por una linterna, tras la puerta del salón, y el brillo de la luna colándose por las ventanas que bordeaban la puerta principal.

La biblioteca era su destino más lógico. Una robusta puerta de madera con cerrojo y un teléfono cargado y listo para usarse. Pan comido. Salvo por un pequeño detalle.

Cuando acababa de rebasar la puerta que daba al salón, esta se abrió y recibió un fuerte golpe en la espalda que la arrojó al suelo. La barra del cabecero cayó con un sonoro estruendo lejos de ella y lo único que pudo hacer fue girar y lanzar una patada, con todas las fuerzas de que disponía, contra la entrepierna del enorme bulto informe que se materializó tras ella.

Acertó a la primera y el bulto se dobló sobre sí mismo, resollando y vociferando maldiciones que Gene jamás había oído antes.

Ahora, mientras sus brazos estaban siendo inutilizados a su espalda, las rodillas del tipo se clavaban en los huesos de su cadera y la mejilla se apretaba contra el frío suelo, Gene pensaba que tal vez debió intentar hacerle más daño, algo que lo hubiera mantenido ocupado por más tiempo. En cuanto al qué y al cómo, bueno, eso era algo que se veía incapaz de resolver en ese momento.

El tipo se inclinó sobre ella. Lo supo porque su cálido y húmedo aliento sopló contra su nuca despejada y pudo oler el ajo y la cerveza en él. Reprimió una náusea e intentó mantenerse alerta y concentrada, buscar una salida, una vía de escape.

La cadenita que llevaba al cuello se movió. El hombre la agarró entre los dedos y tiró de ella para verla de cerca. Debió de gustarle porque un segundo después el tirón se hizo más fuerte, ahogándola y arañándole la piel. Necesitó tres intentos para romper los eslabones y arrancarle la joya.

—¡No!

Gene se quejó retorciéndose bajo él mientras el colgante desaparecía de su vista, posiblemente en algún bolsillo de los pantalones del tipo.

—No puedes llevártelo. Por fav…

Un trapo con sabor a… Jesús, no tenía ni la menor idea de qué era aquello y tampoco quería averiguarlo, asfixió sus palabras y le atoró su principal vía respiratoria. El miedo y la ansiedad hacían que los diminutos agujeros de su nariz no transportaran bastante oxígeno a sus pulmones y, por ende, a su cerebro. Así que, hola de nuevo, visión borrosa.

No es que al tipo pudiera preocuparle que la oyeran gritar. Nada más lejos. Dark Garden estaba a unas buenas diez millas de la casa más cercana. ¿Y si gritaba? Ni siquiera la escucharían desde la carretera.

El hombre se deslizó hasta dejar caer el peso sobre sus tobillos. Sus sudorosas manos ascendieron por sus pantorrillas y siguió subiendo, rozando la curva de sus rodillas, los muslos, hasta meter los dedos por debajo de la pernera del pantaloncito del pijama.

Volvió a retorcerse bajo su cuerpo buscando un modo de arrojarlo lejos de ella. En respuesta, recibió una dolorosa cachetada en la nalga derecha y lo oyó sorber, como si estuviera salivando.

Gene se estremeció al prever lo que podía venir a continuación.

Al parecer, Carlson tenía razón. Dark Garden no era lugar para que estuviera sola.

*** 

Carlson era el abogado de la familia desde que Gene tenía uso de razón. Había pasado la última semana, previa a su viaje a Brandsbury, tratando de convencerla de vender la casa. Alguien estaba interesado en comprarla y convertirla en un museo o alguna tontería similar.

—Un museo que cuente la historia del pueblo daría mucho caché a Brandsbury, aumentaría el turismo y con ese jardín se pueden hacer maravillas.

Gene no estaba en absoluto interesada. No convertiría su hogar en una atracción de feria. Era lo único que le recordaba que una vez tuvo una familia.

Por eso sabía que debía firmar los papeles, aunque no se sintiera capaz de ello.

Cuando el timbre de la puerta sonó, unas horas después de su llegada a la casa, estaba a punto de hacerlo. La mano le temblaba y por eso se maldijo a sí misma cuando la interrumpieron. Así que soltó la pluma y fue a abrir.

—Vi luz e imaginé que seguirías despierta. —Carlson entró sin ser invitado y recorrió el lugar con la mirada. Genevieve suspiró furiosa y cerró la puerta tratando de contenerse—. ¿Te has instalado bien? ¿Necesitas alguna cosa? —inquirió solícito.

—Carlson, ¿qué es lo que quieres? Es tarde y estaba a punto de acostarme.

—Solo quería asegurarme de que lo encontrabas todo bien y ver si necesitabas alguna cosa. —“Hacerte desaparecer”, estuvo a punto de responder la mujer, pero se mordió los labios.

El hombre solo estaba siendo amable.

—No, Carlson —dijo moderando el tono de su voz hasta hacerlo menos duro—, está todo bien. Gracias por preocuparte.

—No es molestia. —El hombre entró en el comedor secándose el sudor de la frente con un pañuelo. Genevieve trató de recordar cuándo había sido la última vez que lo vio sin uno en la mano. No lo consiguió—. ¿Son las escrituras?

—Carlson, de verdad, es muy tarde y no quisiera que Veda se preocupara por ti. No le gusta que conduzcas de noche, ya lo sabes. —El hombre hizo un gesto con la mano restándole importancia a sus palabras y tomó los documentos con descuido.

—Están sin firmar, ¿acaso has cambiado de opinión? Porque si es así, yo…

—¡No! —Había gritado. Se mordió la lengua, pero ya no tenía remedio—. No, Carlson, no he variado de opinión. —Suavizó la voz para no asustarlo—, Dark Garden es mía y no tengo intención de deshacerme de ella.

—Gene, querida, sé que es el hogar de tu infancia. Pero admitámoslo, no vas a dejar tu trabajo y trasladarte aquí, y estas viejas casas no aguantan mucho deshabitadas. Yo podría…

—He dicho que no —lo cortó ella tajante—. Vete a casa, por favor. El viaje ha sido muy largo, llevo en pie desde la madrugada y estoy muy cansada.

—Esta casa es demasiado grande e insegura para una persona sola. Ven con Veda y conmigo. Allí estarás acompañada. Puedes encargarte del resto por la mañana. Sabes que Veda estará encantada de tenerte con nosotros siempre que vengas de visita. No necesitas esta vieja casa.

Ah. Pero es que ella sí que necesitaba esa vieja casa. Su hogar, el único que había conocido y al que aún podía llamar así.

—Gracias, Carlson. De verdad. Pero esta es mi casa y va a seguir siendo así.

—Eres tan tozuda como Marge. Si no se hubiera empeñado en quedarse aquí sola, habría llegado al hospital mucho antes, y entonces… —Las palabras brotaron sin control de sus labios y no pudo frenarlas a tiempo.

Genevieve se puso blanca y observó al hombre con la mirada desencajada de rabia. Por suerte, él se dio por enterado y salió de allí a todo correr, mascullando una disculpa tras otra mientras caminaba por el jardín hacia su coche.

El marco de la puerta se quejó ante la rabia con que la mujer golpeó la hoja en su lugar.

Llevaba semanas tratando de convencerse a sí misma de que no era culpable de la muerte de su tía. Ella quería vivir en Dark Garden a pesar de que estaba sola y ya no era tan fuerte como antes. Gene no logró convencerla de que se trasladara a Madrid con ella. Su tía siempre fue muy independiente, algo que también había logrado inculcar en su sobrina. Por eso la entendió y no quiso insistir. Pero ahora…

Ya no estaba tan segura de que su decisión fuese la más acertada.

Como sea. Margerite quería que la casa le perteneciera y cumpliría la última voluntad de su tía. Volvió al salón, agarró la pluma y firmó la escritura de propiedad de Dark Garden. Cuando hubo terminado, arrojó la estilográfica a un lado, rebotó y cayó sobre el suelo.

Ahora que la casa era legalmente suya todo se volvió más real y supo que su tía abuela Margerite no iba a volver jamás.

 ***

El hombre se puso en pie, liberándola de su peso. Gene arrojó a un lado los duros recuerdos de esa noche y aprovechó el interludio para tratar de llevar más aire a sus pulmones. La luz de la linterna parpadeó iluminando el pasillo frente a ella y luego saltó hasta situarse a un lado.

El tipo la dejó en el suelo, asegurándose de que iluminaba todo lo que deseaba ver.

—Preciosa. Sí que lo eres.

Dejó caer una bolsa de nailon frente a ella. Gene distinguió la cubertería de plata y algunos objetos que reconocía a duras penas.

Un ladrón. Justo esa noche tenía que colarse en la casa un maldito ladrón. Había tenido más de un mes para entrar allí sin toparse con nadie, y tuvo que elegir esta condenada noche para hacerlo.

Si tan solo se hubiera acordado de enchufar el móvil antes de irse a la cama…

La chaqueta del hombre cayó al suelo con un susurro y un chasquido metálico. Lo oyó arrodillándose tras ella revolviendo con algo que parecía tela y que hizo que se imaginara que podría estar desabrochándose el pantalón o la camisa. La bilis acudió de nuevo y tuvo que concentrarse para deshacerse del malestar si no quería ahogarse en su propio vómito.

La agarró por la cinturilla del pantalón y se lo sacó de un tirón que hizo que sus rodillas golpearan contra el duro suelo y soltara una exclamación ahogada por el paño que tenía en la boca.

Las bragas fueron lo siguiente en desaparecer, aunque esta vez las desgarró e hizo que se le clavaran en la piel antes de dejar los restos colgando de su cintura.

Sin pensar, movida por un fuerte instinto de supervivencia y sabiendo que ocurriría después si no conseguía liberarse, Gene se revolvió de nuevo poniéndose bocarriba. Ignorando el dolor que sintió en sus manos atrapadas bajo su peso, alzó ambos pies a un tiempo y lanzó una patada que trató de acertar en el cuello o la cara del tipo.

Si conseguía golpearlo en la nuez, tal vez pudiera noquearlo el tiempo suficiente para terminar de arrastrarse hacia la seguridad de la biblioteca.

Falló. El condenado era más ágil de lo que hubiera previsto. Le apartó las piernas con el antebrazo y se lanzó sobre ella, sujetándola del pelo y forzando una postura que le permitió golpearle la cabeza contra el mármol. Lo hizo dos veces hasta que Gene dejó de moverse y luego volvió a ponerla sobre su estómago.

Una ráfaga eléctrica le recorrió la cabeza desde la base de la nuca, se mareó y perdió parcialmente la visión. Los músculos de su cuerpo se aflojaron y se quedó muy quieta, intentando no desvanecerse del todo.

Si perdía el conocimiento, ya nada podría pararlo.

***

Joder. Maldita puta de mierda.

Cuando Carl vio una mujer pelirroja caminando a hurtadillas por el pasillo, no esperaba que la hija de puta se girara y estuviera a punto de cascarle los huevos. De hecho, ella ni siquiera debería estar allí. Se suponía que la vivienda permanecía vacía.

Por suerte, la había dejado aturdida en el suelo y aunque ahora culebreaba alejándose de él, no tardaría en alcanzarla y entonces le daría su merecido.

Reponiéndose poco a poco, metió la mano en su bragueta y comprobó que todo seguía donde debía estar. Se acomodó a sí mismo y avanzó con dificultad hacia ella.

Disfrutó peleando con la chica hasta que la tuvo bien sujeta y pudo detenerse a mirarla.

Por Dios. Esos ridículos pijamas que usaban ahora… era como si fueran todo el día desnudas por ahí. Exhibiéndose.

Bueno, no iba a ir nadie a socorrerla, no le había visto la cara y para cuando acabase con ella, incluso si lo hacía, eso daría igual.

Tenía toda la noche por delante para divertirse y luego acabar de saquear la casa.

La vivienda era grande, tres plantas al menos, y muchas habitaciones. No las contó, pero se hacía una idea. Sin sistema de seguridad para protegerla era como si una furcia se le abriera de piernas y le indicara la entrada con un letrero luminoso. Imposible resistirse. El trabajo más fácil de su vida.

Normalmente era un profesional. Casas vacías. Cuando había gente dentro, las cosas siempre tendían a complicarse y sumar cargos que no deseaba que aparecieran en su ficha. Debería haberla dejado atada y amordazada, revisar el resto de la vivienda, llevarse lo que había venido a buscar y largarse. Pero la muy puta le había tocado los cojones. Literalmente.

Eso no estaba bien. Tendría que enseñarle modales.

Y menudo trasero tenía. Redondo, prieto, suculento. Joder, estaba babeando y todo. Mierda, como el perro ese con la comida, el de la campana. Qué más daba su nombre.

Sacarle la ropa había sido divertido, esquivar la patada no tanto, casi le acierta. Pero después de reventarle la cabeza contra el suelo seguro que se lo pensaba dos veces antes de volver a intentarlo. Se divertiría un rato y luego, bueno, tendría que matarla. No podía arriesgarse a que lo señalara en una rueda de reconocimiento si alguna vez lo pillaban.

Le separó las piernas y se inclinó. Sí, ahí abajo también era preciosa. No tenía demasiado vello, mejor, así no tendría que apartarlo, eso siempre lo cabreaba. Y era tan rosadita y tan tierna que se le estaba poniendo dura solo con imaginarse dentro de ella.

Le pasó un dedo por encima, frunció el ceño. Mierda. Estaba seca. Bueno, eso cambiaría pronto. Volvió a acariciarla. Era muy suave y caliente al tacto. Sonrió como un loco.

Hacía mucho que no estaba dentro del cuerpo de una mujer. Una de verdad. No esas fulanas que se mataban por unos cuantos peniques en un sucio callejón del extrarradio y que estaban tan dilatadas que apenas sentía nada al follárselas.

La saliva le goteó del labio y fue a parar sobre el muslo de ella. Esa lágrima brillante sobre su piel le endureció aún más. Se desabrochó el pantalón y bajó la cremallera para liberar a la bestia.

Algo lo detuvo.

Mierda, el semen. Si la dejaba cubierta de ese pringue, aunque la matara después, la policía podría identificarlo por el ADN o alguna mierda de esas. Joder. Tendría que rebuscar en sus bolsillos, en alguna parte tenía que tener un condón. ¿Dónde carajo estaría?

***

Al sentir los dedos de aquel tipo tocándola, Gene trató de escapar mentalmente de allí, ya que su cuerpo no parecía querer responder a sus órdenes.

Le dolía muchísimo la cabeza. Frente a sí solo era capaz de percibir un cúmulo de estrellas sobre un fondo negro. Los brazos se le habían dormido y, aunque notó la saliva del hombre resbalando por su muslo, las piernas no se movían. Cada vez le costaba más respirar. Se ahogaba y la enfurecía saber que no podía hacer nada para impedir lo que iba a pasar.

La última vez que se sintió así de asustada solo tenía ocho años y no hacía mucho que se había ido a vivir a la casona.

***

Llevaba pocos meses viviendo con su tía en Dark Garden, y menos tiempo aún en su nuevo colegio, y las cosas no iban bien. Nada bien. Las clases no le interesaban. No atendía a sus profesores ni se relacionaba con los demás niños. Pasaba las horas mirando al infinito o dibujando horripilantes escenas en su libreta.

Su maestra y el director del colegio estaban muy preocupados y poco dispuestos a lidiar con alguien como ella. Los otros niños le tenían miedo y ninguno quería participar con ella en clase.

Aquella tarde, Gene se encontraba en la terraza del salón, oculta tras las gruesas cortinas naranjas del interior. Espiaba a su tía y al director. Hablaban de internarla en un centro especial con profesionales que pudieran ayudarla a superar su trauma.

Tembló de los pies a la cabeza.

Ya había perdido a sus padres, su casa y sus amigos. Estaba muy sola, salvo por su tía y la enorme casa que siempre olía a galletas, y aquel hombre trataba de convencer a Margerite de internarla lejos de allí.

Se sintió como si decenas de manos tiraran de ella hacia un agujero oscuro cavado en la tierra y quisieran dejarla en el fondo, atrapada.

Gritó con fuerza y corrió hacia el invernadero tan rápido como se lo permitían sus cortas piernas. Escapando. Huyendo. Tratando de encontrar un lugar seguro en el que sentirse querida y protegida, y entonces cayó al suelo. Y algo cayó con ella.

 ***

 Una imagen cruzó fugaz en mitad de aquel recuerdo, una imagen que la hacía sentir segura y a salvo cuando era pequeña. Tan familiar y conocida que deseó tenerla junto a ella en aquel preciso momento.

El hombre a su espalda estaba haciendo presión con los dedos entre sus piernas. Le arañaba la piel de los muslos y le causaba un fuerte escozor en su intimidad.

Volvió a huir con su mente hacia esa imagen protectora que tanto deseaba tener a su lado. Le dio forma en sus recuerdos y la abrazó intentando aislarse de lo que la rodeaba.

—Un conejito estrecho —murmuró el hombre con el rostro pegado a su oreja.

La saliva le humedeció la mejilla y se estremeció de asco conteniendo una náusea que amenazaba con ahogarla.

—Justo como a mí me gust… —El hombre enmudeció de repente y Genevieve dejó de sentir el peso de su cuerpo sobre ella.

Escuchó varios golpes a su espalda, una serie de improperios y luego se hizo el silencio. La luz de la linterna, que había sido arrojada contra la pared en varias ocasiones, parpadeó dos veces antes de apagarse por completo y dejarla sumida en las sombras.

Unos brazos la levantaron del suelo con delicadeza.

Se sintió mareada de nuevo y apenas pudo enfocar la vista en el rostro que tenía frente a sí. Lo veía todo borroso y los párpados le pesaban. El trapo desapareció. Pudo mover los labios y tomar aire con desesperación. Quiso hablar, pero tenía la boca reseca y solo salían gruñidos roncos de su garganta. También le soltó las manos, pero no tenía fuerzas para sostenerse a nada con ellas.

Dejó caer la cabeza, sintiéndose débil y agotada, y topó contra un pecho duro y cálido que la acogió con cariño. Le hablaban, pero no entendía las palabras. En cambio, las vibraciones graves y fuertes que resonaban a través de su caja torácica sí lograron alcanzarla, acariciándola tiernamente y aletargando el miedo y la ansiedad que, poco a poco, desaparecían.

Una parte de su subconsciente le alertaba que debía ponerse en guardia y enfrentar un nuevo enemigo. El resto de su ser, sin embargo, se sentía seguro y a salvo entre aquellos brazos robustos y el cálido cuerpo, cuyo olor le traía a la mente largos paseos por los bosques de la costa gallega. Era un olor fresco, a eucalipto y brisa marina.

La alzó del suelo. Se desplazaban. Hizo un último esfuerzo por aclararse la vista y contemplar a su salvador, pero finalmente acabó por sumirse en una acogedora y plácida oscuridad.

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