Groom, el inmortal: Parte I

Groom inmortal

Aquí os dejo el relato con el que participé en la «Antología dragón» organizado por Alberto Santos. A pesar de no haber ganado, quería compartirlo con todos vosotros. Espero vuestros comentarios.

Prólogo

Groom olisqueó la diminuta figura que yacía a sus pies. Su olor no era desagradable excepto por la información que le transmitía. Un gnomo. Y estaba vivo.

Chasqueó la lengua entre sus afilados colmillos y arrugó el morro con desagrado. Su larga cola llena de púas óseas se agitó tras de sí levantando una nube de polvo que hizo que el gnomo tosiera y se encogiera más sobre sí mismo, antes de que sus párpados temblaran y abriera los ojos.

El grito de terror que profirió hizo que Groom se relamiera de gusto. El gnomo gateó hasta chocar con la pared del fondo de la cueva. Acorralado y, mortalmente asustado, no pudo más que quedarse allí de pie, tratando de que las rodillas no le fallaran e incapaz de apartar los ojos de la gigantesca figura del dragón negro que le miraba con curiosidad y cierto deleite.

—¿Vas… —El gnomo carraspeó y hubo de tomarse un minuto para volver a intentarlo. —¿Vas a comerme?

Mortales y sus estúpidas leyendas. Groom se acomodó sobre sus patas, como un gato gordo y satisfecho y entornó los ojos para fijar su atención en la pequeña criatura.

—¿Y si así lo hiciera?

El temor pareció abandonar el cuerpo del gnomo al plantearse tal opción. Encogió los hombros y dejó que su espalda resbalara por la fría roca hasta dar con su trasero en el suelo.

—Hazlo si lo deseas. De todos modos, no sobreviviré mucho más. Ninguno de los dos lo haremos.

Groom inclinó la cabeza a un lado y exhaló volutas de humo por sus inmensos hollares. La lengua bífida, semejante a la de una serpiente, asomó entre sus fauces cerradas por un breve instante, antes de desaparecer de nuevo en su interior.

—¿Por qué has venido aquí?

—Buscaba el lugar más elevado. Tú montaña queda cerca de mi… quedaba cerca de mi poblado. Ahora ya no existe. No queda nadie.

—La niebla.

El gnomo asintió. Dobló las rodillas pegándolas a su pecho y rodeándolas con los brazos. La cueva estaba a una temperatura muy inferior a la del exterior y el frío comenzaba a calarle los huesos.

—Eres Groom, ¿verdad? El señor de los dragones.

—Es el vulgar modo en que los mortales os referís a mí, sí.

—¿Cuál es tu verdadero nombre?

El dragón sonrió de medio lado y sacudió la testa provocando una nueva ola de polvo que hizo toser al gnomo.

—No podrías pronunciarlo, criatura.

—Blup. Me llamo Blup.

Un sonido, como el que haría una enorme roca al despeñarse por un acantilado, les llegó alto y claro desde el exterior. Luego la tierra bajo sus pies tembló y de nuevo todo quedó en el más absoluto silencio.

—¿Qué…qué era eso?

—El final.

—No va a quedar nada con vida, ¿verdad? —Blup agachó la cabeza con pesar y una lágrima se congeló en su mejilla.

La llamarada de Groom hizo que el gnomo se sobresaltara. El fuego de dragón prendió sobre unos desperdicios acumulados en una esquina. Blup no pudo distinguir su composición. El calor le hizo sentir algo mejor, aunque nada de eso importaba, pronto dejaría de respirar. La niebla alcanzaría la entrada de la gruta de la montaña y acabaría con ellos.

—Supongo que podrías devorarme ahora. No soy gran cosa para alguien tan grande como tú, pero al menos tendrás un último bocado que saborear.

—Das por hecho que vamos a morir.

—¿Tú no? Ya has visto lo que sucede ahí fuera. Todo el que respira esa niebla muere. Y la montaña no nos protegerá mucho más tiempo. Quizá tú aun puedas volar y encontrar un lugar seguro. No es mi caso. Yo moriré aquí. Me harías un favor si acabases ya con la espera.

Groom pareció sopesar las palabras de Blup. La aldea de los gnomos se encontraba a pocos kilómetros de su montaña y, sin embargo, era la primera vez que tenía a una de estas criaturas tan cerca. Nunca antes había mostrado interés por ellas. Se mantenían apartados por puro terror y él no encontraba motivo para aproximarse. Los seres como estos le resultaban insulsos y faltos de cualquier atractivo.

A diferencia de los elfos y humanos que constantemente trataban de derrotarle, los gnomos eran pacíficos y preferían mantenerse a distancia.

—Duerme. La niebla no puede llegar aquí.

El dragón se arrellanó ocupando todo el ancho de la gruta y cerró los ojos. Pronto, su respiración profunda y grave, fue todo cuanto se oyó en la cueva.

I

Groom sobrevoló el valle disfrutando por primera vez del silencio, la libertad y la paz. Ninguna lanza, flecha o conjuro trataría de alcanzarlo esta vez. No quedaba nadie con vida para tratar de detenerle. El viento frío del invierno daba impulso a sus alas mientras planeaba, mecido por las corrientes de aire. La niebla quedaba muy por debajo de él, casi como un manto blanquecino que lo cubriera todo.

Durante un rato jugó con la punta de sus garras creando figuras en el espesor gaseoso antes de elevarse y dejarse llevar. Su territorio abarcaba miles de kilómetros de diámetro y todo él estaba cubierto por el venenoso efluvio.

Traspasó las barreras y aterrizó en un prado llano de exquisito verdor, junto a un lago de aguas azules y cristalinas.

Al verlo llegar, decenas de etéreas criaturas surgieron del agua y flotaron hasta él, rodeándolo y saludándolo con cariño. Groom recibió sus caricias y gestos de afecto con solemnidad y se estiró para desentumecer sus doloridos músculos. Ya era un dragón anciano. El más viejo de su raza y por ende el más poderoso. Pero eso no hacía que sus huesos dejasen de crujir bajo su peso o que cada parte de su cuerpo se resintiera al ser forzada hasta la extenuación.

Los cuidados de las ninfas del lago le calmaban. Así que se permitió recostar la cabeza en la hierba y adormilarse por unas horas. No fue hasta que la aguda y carrasposa voz de Efynia hizo mella en él que volvió a abrir los ojos.

—Podría haber acabado contigo, anciano.

Groom bufó una bocanada de humo y expelió una pequeña llamarada que hizo que Efynia retrocediera.

—Todos los jóvenes creen poder vencer a sus mayores.

—Eso es porque somos más rápidos y fuertes. Mírate ahí tirado. Pareces una roca en mitad de mi hermoso prado. E igual de inútil y pesada.

El dragón no se inmutó por sus palabras. Efynia siempre trataba de provocarle. Era una hembra joven, de un precioso color lapislázuli. No hacía mucho acababa de pasar por su transición de cachorro a dragón adulto y estaba deseosa de probar el alcance de sus nuevas habilidades. A diferencia del lugar dónde él residía, el territorio del lago siempre había sido amable y protector con los dragones. Nada ni nadie les amenazaba. Las ninfas y los etéreos que allí residían, muy al contrario que humanos y elfos, profesaban un gran respeto por los grandes señores del cielo.

En otras circunstancias, Groom habría permitido que Efynia volara junto a la montaña para desahogar sus ansias guerreras. Ahora ya solo quedaba un miembro hostil en su territorio, y no podría decirse que Blup constituyera una gran prueba para la hembra. Además, no había ni una sola fibra de belicismo en su diminuto cuerpo.

Blup no podía salir, así que él le llevó algo de alimento y le mostró el pasadizo que daba a los pozos subterráneos para que pudiera beber y asearse. El gnomo no hacía mucho mientras estaba solo, pero Groom descubrió que era un excelente conversador y le entretenía por las noches, antes de conciliar el sueño.

—La niebla no podrá atravesar la barrera, ¿verdad? —la preocupación era ostensible en la voz de Efynia.

—No lo hará.

—Las ninfas y los etéreos no sobrevivirían si tuvieran que abandonar el valle del lago. Y yo… —la hembra agachó la cabeza y arañó el suelo con sus patas delanteras, como si lo que iba a decir a continuación le causara un gran pesar — … no tengo poder suficiente para crear un sitio seguro para ellos, aun no.

—No será necesario. Prometí manteneros a salvo.

—No eres eterno, abuelo.

—Aun tienes mucho que aprender. Ve con tu maestra, ahora. Es esencial que sigas con tu instrucción.

Efynia no quería volar hasta el territorio de su vieja maestra. Ella era la hembra más anciana del clan y una instructora dura e impaciente. Sus castigos todavía podían vislumbrarse en las suaves escamas del morro de la más joven.

Groom era inflexible en cuanto al estudio. El poder y la historia de los grandes dragones debía ser transmitida a cada nuevo miembro, sin excepción. Era el único modo de salvaguardar los conocimientos y la gran responsabilidad que los dioses depositaron en ellos.

Lanzó una dentellada contra el lomo de la hembra y Efynia no tuvo más remedio que retroceder para no resultar herida. Las fauces de Groom podrían triturar su gruesa piel como si fuera manteca y no quería otra herida en su hermoso cuerpo.

Efynia saltó sobre sus patas traseras y abandonó la pelea antes de que esta comenzara. No emplearía su magia contra Groom sin su consentimiento. No, si quería seguir viviendo.

Groom la observó marchar y esperó hasta que su brillante figura desapareció en el cielo, en dirección oeste.

Las aguas del lago comenzaban a tentarle. Ocurría siempre que permanecía cerca demasiado tiempo. Por suerte, su voluntad era férrea y había aprendido a ignorar el poder que tenían sobre él. Los más jóvenes carecían de esta facultad por lo que se veían obligados a permanecer en su territorio la mayor parte del tiempo.

Las aguas del lago podrían apagar para siempre la poderosa llama de un dragón negro, al igual que el intenso fuego líquido de la gran montaña podría evaporar el corazón de agua de un dragón azul.

Era hora de marcharse. Su pequeña mascota estaría inquieta tras tantas horas de ausencia y aún tenía un largo trecho por recorrer. Desplegó las alas como si quisiera abarcar el ancho espacio de intenso verdor, inclinó suavemente la cabeza para despedirse de las ninfas y los etéreos que observaban de lejos y, con un par de largas zancadas, se elevó en el aire, virando para regresar al hogar.

***

Blup era libre de recorrer los pasadizos que se extendían a lo largo y ancho de la montaña. Groom así se lo confirmó tras pasar su primera noche juntos. Todavía no entendía por qué el poderoso dragón le permitía seguir viviendo, cuando había deseado con todas sus fuerzas que lo devorara y acabase así con su sufrimiento.

No pasaba ni un minuto sin que pensara en sus padres y hermanos, en sus amigos, en cada ser que yacía sin vida bajo la extraña niebla que asolaba cada palmo de la región. ¿Por qué él debía seguir existiendo? ¿Acaso Groom necesitaba compañía? Era el único que podía esquivar la masa gaseosa para conseguir alimento. El único que podía abandonar la región y huir de la niebla. ¿Por qué no lo hacía?

Aunque Blup no tenía claro que esto fuera así. Quizá la niebla sí era capaz de atravesar las barreras que dividían los reinos y no quedaba un solo lugar seguro en Ahk.

Por más que se estrujara los sesos, el gnomo era incapaz de adivinar la motivación del dragón. Él solo quería acabar con todo y reunirse en el más allá con sus seres queridos.

Escuchó como el poderoso cuerpo del dragón se abría camino por los pasadizos superiores, justo a tiempo para encender la fogata que le mantendría caliente durante la noche. Blup dejó a un lado las monedas de oro que estaba apilando sobre el suelo y se enderezó. Era curioso lo rápido que podía dejar de asombrarte el brillo del dinero y las gemas. Al menos le mantenían ocupado mientras Groom sobrevolaba los cielos y confirmaba que los dragones eran grandes acaparadores de objetos brillantes.

—¿Se ha dispersado la niebla? —Blup siempre le hacía la misma pregunta.

—No.

El gnomo tomó asiento en su rincón junto a la pila de madera que el dragón traía para mantenerle caliente y esperó a que las llamas iluminaran la cueva.

—¿Me comerás hoy? —otra pregunta recurrente.

—No.

Blup suspiró decepcionado y se recostó contra la pared, tomando los restos de venado y acercándolos a la hoguera para recalentarlos y cenar. Groom nunca comía delante de él y el gnomo lo agradecía, no podía imaginar cuán ensordecedor llegaría a ser el sonido de unas fauces como aquellas masticando huesos.

—Podría llevarte conmigo.

Blup ni siquiera se inmutó por su ofrecimiento, arrancó un trozo de carne con las manos y se lo llevó a la boca, masticando mecánicamente.

Groom no insistió mientras el gnomo comía. Se echó sobre su abultado estómago y cerró los ojos aislándose del susurro que era para él, el entrechocar de muelas de Blup.

Algo se removía en su interior. Un sentimiento con el que ya había pactado, o al menos eso creía. Meses atrás, mientras trazaba su intrigante plan, tomó la firme determinación de apartar la culpa y los remordimientos a un lado. Al fin y al cabo, era su responsabilidad.

Su hembra llevaba muerta más de un milenio. Las lanzas de los cazadores humanos la alcanzaron mientras pacía tranquilamente en un amplio claro alejado de cualquier asentamiento. De nada le sirvió tomar tal precaución, finalmente la encontraron y le dieron muerte. Y él no estaba allí para detenerlos.

Su rabia arrasó con todos ellos y le invitó a recluirse en el interior de la montaña, lejos de los suyos durante varios siglos. El dolor por la pérdida de su pareja no desapareció, se transformó y, lentamente, como todo lo que hacían los grandes señores inmortales, su plan cobró forma. El mundo no podía continuar como hasta ahora.

—¿Por qué querrías hacer eso? —la voz del gnomo le sacó de sus pensamientos. Abriendo los ojos amarillos y brillantes torció la cabeza para ponerse a su altura y contestar.

—Porque puedo.

—¿Por eso me mantienes con vida? ¿Porque puedes?

—Veo que no te satisface mi respuesta.

—Me hace pensar que no tengo ningún valor para ti, más que un mero entretenimiento con el que sigues demostrando tu gran poder.

—Hace eones, los dioses dividieron el mundo en cinco grandes territorios, otorgando su guardia y custodia a los dragones. Con una condición.

—No me interesan tus estúpidas historias.

Blup, al igual que Efynia, disfrutaba provocándole, solo que con una finalidad muy distinta a la de la joven hembra. El gnomo hacía cuanto estaba en su mano para enfurecerle y que así acabara con su vida. Groom era demasiado viejo para dejarse hostigar por su pequeña mascota. Como el ser más anciano sobre Ahk, sin embargo, aún encontraba una perversa diversión en mantener al gnomo en la ignorancia. Los dragones, a diferencia de lo que muchas criaturas pensaban, solo se alimentaban de la energía del mundo. Los cobrizos cubrían sus escamas con la ardiente arena del desierto para renovar su poder; los azules se zambullían en los mares y lagos; los blancos enterraban sus cuerpos en el frío hielo y los negros buscaban el fuego líquido del interior de la tierra. En cuanto a los plateados, los señores protectores del inframundo, eran las almas de los condenados quienes les alimentaban.

—Bien. Al parecer no tienes muchas opciones. Cubrirte los oídos no servirá, aunque siempre puedes elegir el fuego.

Blup miró con recelo las ardientes llamas, tragó sintiéndose un cobarde por no poder acabar él mismo con su vida y se dio por vencido.

—Cada especie debería habitar en uno y solo uno de los territorios. De este obtendría su poder y, al mismo tiempo, repelería la proximidad de las otras cuatro especies.

—¿Por eso no te marchas? ¿No puedes sobrevivir en ningún sitio que no sea este?

—Mantenerse separados resultó doloroso al principio. —Groom continuó su relato ignorando la interrupción. —Con el tiempo, los más ancianos lograron prolongar su estancia en otros territorios y la separación se hizo cada vez menos larga. Al tiempo que sus habilidades crecían hasta límites con los que jamás soñaron y tenían milenios para desarrollarlas. Pero el mundo no estaba poblado solo de dragones. Al principio cada criatura y ser de la tierra podía caminar de uno a otro territorio, pues ellos no estaban sujetos al pacto. Algunas razas se mataban entre ellas, causaban estragos y dañaban todo lo que se interponía en su camino. Los ancianos se reunieron y debatieron sobre el asunto, estableciendo barreras de contención para separar los cinco enclaves y las diversas razas.

>>Los etéreos, las ninfas, los seres del hielo, los espíritus, muchas de estas criaturas pacíficas encontraron su lugar con los dragones azul, blanco y plateado, los más mansos de nosotros. Los cobrizos y los obsidiana, nos comprometimos a mantener a raya a los más violentos y peligrosos que se enfurecieron al ser recluidos y trataron de derrotarnos.

—Yo…no sabía eso. —Blup escuchaba embelesado la narración de Groom, sin poder sustraerse a sus palabras.

—Muy pocos recuerdan como aconteció todo. —El dolor en la voz del dragón era tangible y hacía que a Blup se le formara un nudo en la boca del estómago. La sensación se intensificó, cuando tras unos minutos de silencio, una idea fue abriéndose paso en la mente del gnomo.

—Tú creaste la niebla —su expresión era acusadora. Los ojos se abrieron desorbitados y el cuerpo del gnomo quedó rígido, sin saber qué hacer o decir a continuación, mientras trataba de asimilar las implicaciones de lo que acababa de averiguar.

—A diferencia de mis congéneres, mi misión radica en proteger y salvaguardar a todas las especies. Los humanos, los elfos, enanos, los bárbaros de las llanuras, todos ellos han logrado erradicar especies que consideran menores. He tratado de detenerles sin emplear la violencia sin resultado alguno, sus líderes han desoído mis advertencias, mis peticiones y mis deseos. He perdido uno a uno a todos los miembros de mi especie. Mi hija era el último dragón negro que quedaba y ni siquiera a ella logré salvarla. La niebla ha obrado el milagro de acabar con la violencia. Mi hermano, el dragón de cobre, ha levantado una maldición similar en los desiertos del norte. Pronto no quedará ni una sola criatura con ansias de lucha sobre la tierra y, entonces, habré cumplido mi misión.

—Los habéis masacrado —murmuró Blup con una desesperación y rabia latiente en su voz.

—Mañana viajaré al reino de los etéreos. Sus bosques son tranquilos y sus habitantes cálidos y amables. Puedo llevarte conmigo, te darán una grata acogida y podrás vivir todos los años que te resten en paz. No volverás a saber de mí.

Groom le ofrecía una vida, una salida a su soledad, que Blup no estaba seguro de querer tomar. El gnomo se levantó, caminó hasta toparse con el ancho muslo trasero del dragón y esperó a que este se apartara para dejarle pasar. Luego desapareció en dirección a la salida de la gruta, hacia el exterior. Groom le dejó ir con un suspiro. Cada criatura debía ser libre para tomar la elección sobre su propia vida o, en este caso, su muerte.

Él lo sabía bien, porque tuvo que elegir por miles de personas, adultos y niños, culpables e inocentes y era una carga pesada sobre sus hombros.

Leer final. Groom, el inmortal: Parte II

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